

[2Corintios] ” Hermanos: El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; y el que siembra generosamente, generosamente cosechará.
Cada uno dé como haya decidido su conciencia; no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios. (…) El que proporciona «semilla para sembrar y pan para comer», os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra caridad.”
[Mateo] “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. (…) Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.”
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Recordando todo lo que llevamos meditado y analizado del Sermón de la Montaña de Jesus a través de la sucesión de pequeños fragmentos diarios, podemos comenzar hoy relacionando dos de ellos para decir que cuando se nos llama a “ser sal y luz” no se está haciendo referencia a la limosna o nuestros actos visibles de servicio sino a lo que llevamos dentro y de lo que brota cualquier acto de solidaridad, justicia, misericordia, compasión, servicialidad y, también, la limosna.
Lo que llevamos dentro es un sagrario vivo con la Presencia del Señor pues somos templo del Espíritu Santo y nos nutrimos del Cuerpo y Sangre de Cristo, de lo que Él es vivo y resucitado, gloria viva, unido al Padre de forma tal que, siendo ellos uno indisociablemente, la Presencia divina en nosotros, dentro de nosotros, es la de las tres divinas Personas. ¡¡¡ Somos templo y sagrario de la Santísima Trinidad !!!
Aunque jamás llegaremos a comprender plenamente esta consecuencía del Misterio de la Encarnación encarnándose en nosotros por la Eucaristía de forma análoga a como acontecio en el seno de María Inmaculada, meditar, contemplar, sentir esa divina Presencia en el hondón de nuestra alma y en nuestro seno debería ser nuestra primera y más preciada prioridad después de comulgar cada vez, aunque sólo le dedicaramos unos minutos al acabar la misa a esta estremecedora consideración en lugar de salir del templo “como si fuéramos a apagar un fuego”.
¿Por qué a los cristianos a veces se nos nota tan poco la fe que decimos tener? ¿Por qué nuestras obras y conducta no difieren deseado de las de quienes no son de Cristo? Porque, quiza, vivimos la fe “en piloto automatico” y casi nunca nos paramos a considerar que no estamos huecos, como decia Sta. Teresa a sus monjas del Carmelo, porque rara vez meditamos sobre lo que ya somos y sobre lo que Dios ha obrado en nosotros hasta el día de hoy. Todo puede cambiar si, a menudo, cuando vayas a decir “Yo” pienses por dentro, en lo secreto, “No soy yo, somo Él y yo”. Entonces brotara de ti la luz que sabes que llevas dentro y serás esa chispa de sal que da sabor a la vida de otros.