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[Mateo] “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban.
Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!”.
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De que forma tan maravillosa nos asomamos al evangelio de hoy desde el eco de todos los fragmentos del sermón de la montaña que siguen resonando dentro de nosotros, después de haberlos leído, meditado y escuchado en misa en estos últimos días.

De que forma tan seductoramente interpelante y atrayente se nos revela la luz de esta Palabra de Vida qué es el Evangelio hoy cuando hemos dedicado algo más de tiempo y corazón a mirar, contemplar, adorar y besar con la mirada al Santísimo Sacramento que se hace más que nunca manifiesto ante todos en la celebración de Corpus Christi.

“Donde esté tu tesoto allí estará tu corazón”, y si nosotros somos capaces de decir en alguna medida con San Francisco de Asis “Tú eres nuestro tesoro a la saciedad”, entonces comprenderemos, haciendo experiencia en primera persona, cómo la Luz de la Presencia amante y redentora de Jesús en nosotros rasga nuestras tinieblas personales y vence nuestras limitaciones espirituales, psicológicas y morales para convertirnos en criaturas nuevas, aunque solo sea por el deseo de comenzar a serlo, aunque sólo sea por prestarnos a hacer progresivamente realidad ese deseo del Padre que es Su más querido sueño: que cuando Él te mire a ti vea a Jesús en ti, contigo, y cuando le mire a Él, en la gloria eterna que comparten, no pueda sino verte a ti ya en camino hacia ese lugar que en la Bienaventuranza eterna lleva tu nombre, esperándote.

Manteniendo encendida esta certeza en el corazón de nuestra conciencia no será difícil valorar de un modo nuevo las cosas de este mundo, los azares, los trabajos y dificultades, los disgustos y también las alegrías, las comodidades y bonanzas de que podamos disfrutar,  no tomando a ninguno de ellos como un absoluto sino viviéndolos desde el único absoluto que nos hace mantener en pie una encorajinada esperanza revestida de entusiasmo y asertividad. Parresía lo llamaban en la generación apostólica. Seamos hoy apóstoles de la Buena Nueva dejándonos renovar por ella y siendo candeleros de Su Luz.