

[1Corintios] ” Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.
Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.
Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva..”
[Lucas] “En aquel tiempo, Jesús hablaba a la gente del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.
Él les contestó: Dadles vosotros de comer.”
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Mucha, mucha tela que cortar nos ofrecen las lecturas de este domingo, como en un eco profundo de las solemnidades recién celebradas desde la ultima parte del tiempo de Pascua y con el cercano recuerdo de lo tratado el jueves pasado, y todo se concentra en el Sacramento del altar, todo se hace presencia real y eficaz en cada celebración memorial de la Santísima Eucaristía.
Quienes, cristianos o no, viven al margen del Espíritu del Señor viven sin luz en la mirada, atribulados por las tentaciones del mundo y del ego, sumidos en la oscuridad de la desesperanza y del desasosiego por las propias culpas acumuladas, doloridos por las consecuencias de las culpas ajenas que se ciernen sobre ellos hiriendolos injustamente, como injustamente hacen sus propios pecados con otros.
Cuando nos separamos del Espíritu del Señor y de la rectitud de una conciencia noble y sincera los seres humanos “las hacemos dobladas”. Desde los salmos a menudo se nos recuerda el compromiso del Dios redentor con la salvación de la humanidad, con nuestra salvación personal de todo cuanto en nosotros es solo meramente natural y se convierte en antinatural e incluso inhumano por no saber vivir la vida para lo que la misma vida y nosotros en ella fuimos creados por el Amor de Dios.
Tras haber el Creador impuesto grilletes a Su divina omnipotencia por dotar de libertad al ser humano, el Dios amigo, el Dios Padre, el Dios amante compromete dicha omnipotencia con Su más querida criatura, la unica traicionera cuando es la única amada como un fin, por si misma y no en función de ninguna otra. Piensa que ni a los ángeles llama hijos Suyos y que ni siquiera ellos pueden unirse a Cristo como el Corpus Christi te hace accesible y cercano a ti.
Si nos adherimos al Espíritu del Señor por buscar y hacer siempre lo más cercano a la voluntad de Dios Él será para nosotros libertad, alivio y sanación, reconciliación fraterna y convivencia serena, gozo compartido y alegría de vivir con los demás. Para eso es la vida, para disfrutarla disfrutando de todo según Dios, aprendiendo a concelebrar la vida con los demás.
Si rechazamos al que nos puede dar todo eso lo rechazaremos todo con Él y no nos quedará nada más que una humanidad rota y un mundo en llamas por no aceptar ser como Dios con los demás pues somos hijos Suyos, ser misericordiosos y pacíficos, mansos y buenos. La elección es nuestra, de cada uno, pero las consecuencias de ella influirán sobre muchos. Adhiramonos al Espíritu Santo viviendo lo que el sacramento del Corpus Christi contiene, significa y realiza en y entre nosotros… si consentimos, claro, si le dejamos.