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[2Corintios] “Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”

[Mateo] “Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir.”
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Cuando el obispo de Asís, Guido, exhortó a Francisco de Asis, con verdadero afecto, que aceptara algunas posesiones por su bien y el de sus hermanos, el pobrecillo le respondió: “Si tuviéramos posesiones, necesitaríamos armas para defenderlas.” ¿No estamos todos nosotros ahí? ¿No defendemos con las armas de la imposición, la crítica o el juicio esas intangibles pero preciosas posesiones de nuestro ego como son la relevancia, el dominio, el protagonismo, tener la ultima palabra, la autoimagen, etc? Es decisivo saber la razón por la que juzgamos a los demás para así, si queremos, poder dejar de hacerlo.

Juzgar a los demás es algo innato del ser humano. Nacemos tan vulnerables y débiles que, en cuanto empezamos a relacionarnos con los demás fuera del abrazo protector de nuestros padres, sentimos el miedo a ser heridos por ser debiles; entonces “jugamos al balancín”, que tanto me hace subir a mi cuanto consigo abajar al otro. Eso es el juicio, un acto infantil y primario de quien se siente herido y débil y, a través de juzgar y acusar, encuentra una ficción de fuerza que le hace sentirse menos pequeño.

Salir de uno mismo, pensar que cuando tengo razón ni yo la tengo toda ni los demás están totalmente equivocados nos dispone a dialogar con ellos acogiéndoles; es un ejercicio de madurez que más fuerza de carácter nos confiere cuanto más lo practicamos hasta convertirlo no ya en un hábito sino en parte de nuestra forma de ser.

Son hijas de la pobreza de espíritu y de la pureza de corazon la empatia y la compasión, palabras hermanas desde su propia etimología. “Ponerse en la piel del otro”. Desde la humildad de quien se tiene por quien es ante Dios y no más se puede escuchar sin prejuicios ni precomprensiones que cierren nuestros oídos. Este es el sendero de la empatia que nos conduce a una verdadera compasión, que nada tiene que ver con “sentir pena de alguien”.

Compadecer es padecer con quien sufre, y todos sufrimos; es haberse hecho uno con él por tratar de comprender la razón de su lamento desde la memoria viva del propio dolor. Empatizar es sentir el eco de lo que el otro siente cuando habla, obra y se manifiesta para mejor comprender a la persona y no sólo sus palabras. Si rezamos “Padre nuestro…” y creemos en la fraternidad iniciada en y por Jesucristo prodiguemonos en em-patizar y com-padecer, desterrando de nosotros las actitudes infantiles e inmaduras que pone de manifiesto el acto de juzgar a otros.