

[Mateo] “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”.
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¿Y si tomamos esta pregunta retorica como inquisitiva, como una pregunta que busca una explicación? Busquemosla.
El ser humano es tan proclive a los juicios por pura supervivencia. Los juicios nos permiten desactivar la amenaza que pueda significar otra persona para la ensoñación de autoimagen del propio ego. El juicio amargo brota en los labios impregnados de lo que abunda en el corazón pequeño.
Juzgar a otros no es sino un mecanismo de defensa de quien no cultiva la fortaleza interior suficiente para aceptar su propia realidad, para aceptarse a uno mismo en la verdad. Esa incapacidad obliga a buscar atajos mentales que creen un espejo cuyo reflejo sea soportable porque enpequeñece a los demás engrandeciendo proporcionalmente a quien lo crea. En resumen, juzgamos para para sentirnos más grandes y mejores. Juzgamos porque nos sabemos pequeños, y no lo soportamos.
Ser consciente, sobre todo para un cristiano, de que una de las cosas a eliminar de su vida es el juicio a los demás produce el efecto contrario al que juzgar a otros pretende: lo hace aparecer mas pequeño ante su ya menguada autoestima. Por consiguiente, el juicio se enmascara como un ejercicio legitimo de espíritu crítico, como emisión de una opinión bien fundada que se tiene derecho a expresar y que, de alguna bizantina manera, ayudará a quien lo escucha… aunque no lo escuche jamas esa persona concreta cuya fama y “buen nombre” se está mancillando con el propio juicio.
Para hacer posible que brote en nosotros la verdadera autoestima, que es hija legítima de la conciencia redimida y por ello reconcilia con la propia verdad, podemos usar algunas herramientas que nunca deberían faltar en el kit de supervivencia de un cristiano:
1. VIVIR EN DIOS. Una intensa vida teologal, es decir, una vida de gracia que a través de la participación creciente en los sacramentos y de la oracion diaria que les permita “echar raíces en nosotros” me posibilite mirar y comprender las cosas y a los demás desde los criterios de Dios, en la medida que vaya siendo yo capaz de mirar mi biografía personal desde la divina mirada, como una historia de salvación de sobra conocida por mi Creador porque ha sido en todo momento amada pues es también mi Padre.
2. INTROSPECCION CREYENTE. A medida que vivir la gracia, que vivir entre los brazos del Padre me permita quererme un poco más a mi mismo, así como he sido y soy hoy, y solo porque Él me quiere, podré ir comprendiendo cómo lo que he vivido y me ha pasado ha ido formando parte de mi carácter, de mi toma de decisiones, de mis limitaciones personales. Saberme querido, así como soy, me permitirá conocerme y comprenderme para ser capaz de crecer hacia mi mejor version, nunca para justificarme pues ya no lo necesito pues he sido justificado y “reiniciado” por Aquél en cuyo Amor me he decidido a vivir.
3. HUMILDAD Y EMPATIA. El único egocentrismo hedonista legítimo es vivir en el Amor de Dios por cómo saberse amado permite gozar de la vida sin necesidad de cosas extraordinarias ni de una sucesión de contentos cada vez mayores. Aunque sólo sea por el gozo de saberte permanentemente bendecido y abrazado con inexpresable ternura, permanece cultivando en ti el divino Amor, que Él te llevará a multiplicar la serenidad y la creciente alegría por dejar que el Amor que entra en ti salga a través de ti hacia los demás. Ese divino amor circulante hará que tú puedas abrazar la verdad de tu biografía cada vez más estrechamente y con mayor comprensión y paz, para poder abrazar de un modo semejante la biografía de los demás, abrazandolos a ellos por empatizar con sus límites y dolores desde tus propios límites y dolores. Llegados a este punto y ya desde el inicio del proceso, los juicios decaen hasta extinguirse pues ya no queda lugar para ellos en quien no los necesita, pues se sabe bendecido y llamado a bendecir, a decir-bien de los demas, desde ese Amor que le ha reconciliado con su “Yo real” mientras le acerca a al mejor versión de sí mismo.