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[Jeremias] “Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré Te nombré profeta de los gentiles. Yo repuse: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho. El Señor me contestó: No digas «soy un muchacho», que adonde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte. -oráculo del Señor-.”

[Lucas] “Se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto.”
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San Juan Bautista es el único santo de quien no solamente celebramos su “díes natali”, la fecha de su muerte y de su Pascua, su paso al Padre. De San Juan celebramos también el día de su nacimiento a la luz de este mundo, lo cual revela la singular importancia de este personaje.

El Bautista representa el último acto del Antiguo Testamento, el cierre del espíritu de la Antigua Alianza. En San Juan se presenta de modo icónico la insuficiencia de la Antigua Alianza regida por el cumplimiento de la ley a base del esfuerzo y la voluntad de los creyentes. La Antigua Alianza y la Ley son en sí mismas insuficientes pero preparan ambas la Natividad del Salvador y ambas sirven a Aquél que sella, desde Su Encarnación y con Su sangre crucificada, la única Alianza Nueva, definitiva y harto suficiente para reconciliar a la humanidad con Dios y a los hombres entre sí.

La Antigua Alianza sirve a la Nueva como la Ley de Moisés a la Ley de las Bienaventuranzas de Jesucristo y es así como Juan el Bautista sirve al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, a Quién con admiración señala y con estremecimiento bautiza.

El Bautista es consciente de que su función es menguar para dar paso al Sol que nos nace de lo alto y que Él crezca hasta alcanzar Su mediodía sin ocaso. El Bautista le recuerda a la Iglesia de todos los tiempos que su función como Esposa de Cristo es señalar a Quien es la fuente del resplandor divino entre los hombres, señalar al que es el centro y el sentido de la existencia humana y no convertirse ella nunca en el centro de ninguna de sus iniciativas y trabajos.

Mirando al Bautista todos los bautizados y la entera Iglesia hemos de recordar que el estilo de Jesucristo y el modo de ofrecer Su Palabra y regalar Sus obras ha de ser nuestro propio estilo de vida y evangelización porque el centro absoluto es Él y nunca nuestros criterios, opiniones o iniciativas. Lo bueno que hagamos hemos de hacerlo bien, como lo haría Él: para hacer la Voluntad del Padre y con el estilo del Reino que Jesus inició en sí mismo.