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Tras celebrar al Sagrado Corazón de Jesús celebramos hoy a aquella que mejor supo “con-sentir” con Cristo, compartir Sus mismos sentimientos (cf. Fil 2, 5) de Amor al Padre y a los hombres. Celebramos el Inmaculado corazón de María, una devoción referida a la vida interior de la Virgen María, a sus gozos y tribulaciones, sus virtudes y su excelencia y, sobre todo, a su amor inmaculado de mujer por Dios Padre, desde quien su amor maternal por Jesús y por los hombres se hace tan inmenso que solo Dios lo supera.

Está antiquísima devoción, de la que tenemos abundantes menciones desde el siglo III, se ha desarrollado en fechas “relativamente recientes”.  En el siglo XVII San Juan Eudes escribió las primeras obras sobre el Corazón de María. A mediados del siglo XVII fundó la “Congregación de Jesús y María” para religiosos, la “Orden de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio” para religiosas, la “Sociedad del Corazón de María Admirable” para seglares. En el Inmaculado corazón de María todos tenemos lugar pues es el corazón de la Madre. San Antonio María Claret fundó en 1859 la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María en España y Teófilo Verbist fundó en 1862 la Congregación del Inmaculado Corazón de María.

La evolución de esta devoción, tan reciente pero tan vigorosa, las experiencias y abundantisimos frutos obtenidos de la presencia de María en Lourdes y Fátima así como la definición de los dogmas de la Inmaculada Concepción (1848) y la Asunción de María (1950) prestan un unánime y preclaro testimonio: cuanto más le da el mundo la espalda a Dios -guerras mundiales, gulags y campos de exterminio, bombas atómicas, abortos y abusos, violencia y pobreza extrema…-  más busca Él a Sus hijos ofreciéndoles “el camino de regreso a casa” por la divina ternura que se derrama de las manos de la Madre. Esto es tanto un esperanzador consuelo como una interpelante enseñanza sobre cómo hemos de reformar nuestro modo de vivir y sobre todo de convivir movidos por el divino Amor y la ternura de María.

San Juan Pablo II, quien se distinguió en su vida y en su magisterio por un amor apasionado a Jesús y a cada hombre concreto, tomó de la oración de consagración al Inmaculado corazón de María de San Luis María Grignion su lema pontificio “Totus tuus”: “Todo tuyo soy, y todo lo mío es tuyo. En todo lo mío te acojo. Dame tu corazón, María.” Dame tu corazón para que empiece a aprender a amar a tu Hijo y, con El, me entregué con ese mismo amor por el bien de los demás.