

[Génesis] “El Señor dijo: La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave.
Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!
El Señor contestó: Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.
Y si faltan cinco para el número de cincuenta… Y si faltan diez… Y si solo hay treinta… Y si solo hay diez… Contestó el Señor: En atención a los diez no la destruiré.
[Mateo] “Se le acercó un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adonde vayas. (…) Otro, que era de los discípulos, le dijo: Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.
Jesús le replicó: Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos.”
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Algunos fragmentos y escenas del Evangelio leídos aisladamente pueden llevarnos a pensar que Jesús tenía unos arrebatos de dureza de corazón poco comprensibles. El final del evangelio de hoy es uno de esos fragmentos.
Cómo decía el gran exageta de Belén, san Jerónimo “La Sagrada Escritura se comprende con la Sagrada Escritura”; así, para valorar y comprender los más oscuros pasajes de los evangelios es necesario arrojar luz sobre ellos desde la perspectiva de la totalidad de los evangelios.
El mensaje de la Buena Noticia de Jesucristo representaba una novedad escandalosa para los creyentes judíos que se aferraban a la seguridad del cumplimiento de la Ley antigua. Sí bien Jesús no rompe con la antigua revelación sino que la lleva a un nivel superior de comprensión, vivencia y cumplimiento, frecuentemente sus palabras sitúan a quienes le escuchan en una encrucijada que les obliga a elegir o bien lo que ya conocían de Dios y de la religión o bien la nueva forma de verle y darle culto que Cristo representa. Frente a la actitud despreciativa con los pecadores y con los paganos por parte de los israelitas justos y cumplidores según la Ley, Jesucristo se presenta y se manifiesta como enviado del Padre para todos.
Diametralmente opuesto a la rigidez inamovible del exclusivismo excluyente de la conciencia hebrea de “pueblo elegido”, Jesús recupera y subraya los pasajes de la Antigua Revelación, como el de la primera lectura de hoy, pasajes en que Yahveh trataba de dilatar esa estrechez de conciencia para dar cabida en ella al verdadero pueblo elegido: los pueblos de toda la tierra.
Frases como “No necesitan de médico los sanos sino a los enfermos” o “Prostituras y publicanos os precederan en el Reino de los Cielos”, el recordatorio de los prodigios de Yahveh en favor de paganos como la viuda de Sarepta o Naamán el sirio o los milagros obrados por la sirofenicia o el centurión romano cuyo más querido sirviente se moría descomponian a quienes esperaban un Mesías liberador solo para ellos y a costa de los demás.
A quienes le quieren seguir, Jesús les manda casi con intransigencia a predicar y extender el Reino de Dios imitando su estilo y su obrar, despegandose de la conciencia religiosa antigua para nacer de nuevo del agua y del Espíritu a una religiosidad que prime la misericordia y la solicitud para con todos, como expresión y prueba del verdadero vínculo con el Dios creador que ama cada criatura salida de sus manos y, se podria llegar a decir, no puede amar más a cada persona humana puesta en la existencia solo por amor y para que el amor sea su hábitat, su realización personal y su destino eterno. Si la Caridad universal que Dios es y que Jesucristo muestra en si mismo no tiene cabida en el creyente, éste terminará gritando “crucificale, crucificale” como ya hicieron sus ancestros por no querer abrirse a la novedad inclusiva e incluyente del divino Amor.