

[Mateo] “En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron y lo despertaron gritándole: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!
Él les dice: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?
Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma.”
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En los evangelios el Señor obra milagros para mostrar la autoridad de Su Palabra y con esa, Su enseñanza, hace comprensible el sentido de Sus prodigios para que Sus discipulos no caigan en interpretaciones mágicas ni tomen la muestra de Su poder como la enseña de su mesianismo. En la escena de hoy, desde la barca de Pedro, Jesús calma la tormenta con una simple palabra, demostrando su autoridad sobre las fuerzas que amenazan con hacerla zozobrar después de aparentar su desdén por ese aparente peligro al conciliar a popa un apacible sueño.
La barca de Pedro representa a la Iglesia; el mar en la Biblia simboliza la suma de fuerzas hostiles al ser humano, el caos de un poder descontrolado que puede ser fuente de renovación si se permanece bajo el amparo de Dios; la tempestad en la travesía simboliza los azares de los cristianos durante la singladura por el misterio de la vida.
“A los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rom 8,28), incluso una travesia agitada por el ancho mar. El hecho de que Jesús pueda calmar la tempestad es una señal de su divinidad y de su poder sobre la vida de quienes le abren las puertas de su existencia y le confían las riendas de su libertad, y que toda esta escena se desarrolle dentro de la barca de Pedro invita a retomar y meditar esa parte del credo dominical en que hacemos expresa nuestra fe en la Iglesia.
“Credo Ecclesiam”, lo traducimos como “creo en la Iglesia” cuando, literalmente, debería traducirse como “Creo a la Iglesia”, lo cual es consecuencia de la traducción adaptada que profesamos. Creer en Dios y en Jesucristo, Su Hijo encarnado y enviado a nosotros, implica creer en el Espíritu Santo que el Señor nos revela y se nos manifiesta en esa obra magna de Jesús que es Su Iglesia, la Iglesia fundada en los Doce bajo el primado de Pedro y sostenida, inspirada y protegida por el Espíritu Santo que en ella sigue revelando, a la medida de cada generación, lo entregado de una vez por todas en Jesús.
El mar, misterioso y dilatado, a veces temible, sigue estando ahí pero la travesía que es nuestra vida ya no la abordamos en una pequeña y solitaria barquita de remos. Esa barca pequeña que somos tú y yo ahora forma parte de una flota que, en realidad, es un solo navío inexpugnable y fuerte en el que todos encuentran un camarote disponible para acojerlos, con tal que sumen sus velas al velamen de los demás, de modo que sólo el soplo del Espíritu la impulse hacia delante, a través de tempestades y galernas que no podrán más que fortalecer nuestra fe en el buen capitán, Jesús, que nos lleva al mejor puerto en la unidad de la fe y de la caridad recíproca.