

[Genesis] “Jacob tuvo un sueño: Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pie sobre ella y dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra, sobre la que estás acostado, te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra, y ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur; y todas las naciones del mundo se llamarán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, y te volveré a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido.”
[Mateo] “Un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo: -Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá.
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto, pensando que con solo tocarle el manto se curaría.
Jesús se volvió y al verla le dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado. Y en aquel momento quedó curada la mujer.
Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo: ¡Retiraos! La niña no está muerta, está dormida.
Se reían de él.
Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó.
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Toda la Sagrada Escritura habla del misterio de Cristo, de ese “todo” que es la Persona y la Obra del Hijo de Dios encarnado que lleva a plenitud la obra creadora del Padre en el principio y el desarrollo progresivo de la Economía de la Revelación bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Figuras y profecías, oráculos y anuncios, toda la Antigua Revelación, ya desde el llamado protoevangelio en Génesis 3,15, habla del esperado de las naciones, el Mesías prometido que había de instaurar una era en la que la paz fuera el estado de vida de quienes la acogieran miéntras la hacían extensible a quienes al menos no “le hicieran la contra”, terminando por sumarse al número de los constructores de estructuras de paz y de justicia.
La escala de Jacob de la primera lectura de hoy es una de esas figuras proféticas que anticipa a la Persona de Jesucristo presentando su función: ser mediador y cauce que une el cielo y la tierra, pontífice, Sumo Sacerdote por quien las dádivas del Padre llegan a los hombres mientras se ofrece a ellos, en Su propio Cuerpo hecho camino de vida nueva, para que ellos transiten de lo conocido a lo por conocer, del mundo temporal a la vida verdadera por atemporal, plena y eterna.
Como en el evangelio de hoy, contemplamos muchas veces cómo el poder sanador del Amor que es Dios llega hasta esas personas necesitadas, doloridas y en precariedad que ponen su confianza en ese hombre de Nazaret en quien reconocen mucho más que un hombre. Para contarnos entre quienes permiten a Dios hacerse paso en su vida transformándola en una vida mejor, reconozcamos y presentemosle nuestra necesidad, nuestros dolores y nuestra precariedad psicológica, moral o espiritual al que nos puede salvar de todas ellas. Ese reconocimiento honesto de la propia realidad, tan necesitada de Dios, nos hará receptores de la obra de la gracia que puede estar llamando a nuestra puerta o incluso obrando en nosotros y a través de nosotros para bien de muchos ya que, como dice el refran, “La necesidad aguza el sentido” y reconocer la nuestra nos permitirá encontrar lo que hasta ahora no vemos e incluso ser para otros aquello que pedímos para nosotros mismos.