

“Recuerda Israel”. Celebrar a cualquiera de los santos que la Iglesia presenta como patronos de Europa supone recordar los rasgos que distinguen la identidad y la cultura de nuestro continente desde la gestación del mismo, tras la caída del Imperio Romano y el galopar de los pueblos bárbaros. Hoy necesitamos “como el comer” recordad nuestra historia para no perder nuestra identidad cuando el “Ministerio de la Verdad” que profetizó G. Orwell reescribe la historia a su gusto y conveniencia. Qué profeta fue Orwell cuando escribía en el año 1948 sobre ese “Ministerio de la Verdad” en su novela más célebre, titulada “1984”, ministerio torticero y manipulador que manejaba los medios de comunicación, el entretenimiento, las bellas artes y los libros de texto de niños y jóvenes con el solo propósito de volver a escribir la historia para cambiar los hechos, y así adaptarlos a la doctrina del efecto propaganda del Partido.
En los albores de Europa ésta se gestó, se desarrolló y buscó su plenitud no como un bloque militar y económico sino como una suma de pueblos unidos, en mayor o menor medida según los tiempos, por la identidad forjada bajo la influencia del Evangelio. El humanismo cristiano reverberaba en el humanismo renovador del Renacimiento y hasta los ideales de la Revolución Francesa eran inconcebibles fuera de la identidad cristiana. “Libertad, igualdad y fraternidad” son las claves de la vida evangélica que a veces otros nos han de recordar a los cristianos.
Hoy, bajo la pugna entre el materialismo neoliberal omnipresente y el materialismo neomarxista en expansion y que arremete contra toda forma de moral y de espiritualidad, a Europa “no la reconoce ni la madre que la trajo al mundo”. Una consecuencia de ese materialismo ideológico es que la Iglesia no tiene la influencia de hace tan sólo unas décadas, gracias a Dios, me atrevería yo a decir. Por ello, éste es un momento privilegiado de libertad y búsqueda de autenticidad purificando nuestra búsqueda de la Vida Nueva del Evangelio.
“Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?”. Mientras, como los apóstoles al principio, en la Iglesia busquemos gratificaciones auroreferenciales por nuestra relevancia y capacidad de influir en los demás, más se centrará nuestra vida en el poder terreno con que podamos contar y menos en la centralidad de Jesucristo y de su Evangelio como principio renovador.
A mayor irrelevancia mayor vigor; si arrecia la persecución que se multiplique nuestra pertenencia y enraizamiento en Jesucristo; cuanto más fuertemente nos zarandeen desde fuera más hará esa injusticia las veces de una criba por la que tanta escoria estéril de cada uno y de todos se desprenderá de nosotros y se alejará para no volver. Es tiempo de gracia, siempre lo es para quien vive de Cristo. “A los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rom 8, 28).