Mt 9, 9-13 «Sígueme. Él se levantó y lo siguió»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

Hoy la Iglesia celebra con alegría la fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista. Mateo era publicano, es decir, recaudador de impuestos. En tiempos de Jesús, los publicanos eran considerados pecadores públicos, despreciados por el pueblo y vistos como colaboradores del poder romano.

Sin embargo, cuando Jesús pasó junto a su mesa de impuestos, no vio simplemente a un pecador. Vio a un hombre capaz de cambiar, de convertirse y de ser santo.

Por eso le dijo una sola palabra:

«Sígueme.»

Y el Evangelio añade algo extraordinario:

«Él se levantó y lo siguió.»

Esta escena nos enseña que la llamada de Dios tiene poder para transformar una vida. El Señor sigue pasando hoy por nuestro camino y sigue llamándonos a cada uno por nuestro nombre.

A la luz de esta fiesta, reflexionemos sobre tres enseñanzas fundamentales.

Primera clave: Jesús llama a las personas, no a los perfectos

Lo primero que sorprende en este Evangelio es la elección de Mateo.

Si nosotros hubiéramos tenido que elegir a un futuro apóstol, probablemente habríamos buscado a una persona respetada, culta y admirada por todos.

Jesús actúa de otra manera.

Elige a un hombre que muchos consideraban indigno.

¿Por qué?

Porque Dios no llama a los perfectos; llama a quienes están dispuestos a dejarse transformar por su gracia.

Esta verdad es profundamente consoladora para todos nosotros.

Ninguno de nosotros es perfecto.

Todos tenemos limitaciones, errores y pecados.

Sin embargo, Dios sigue llamándonos.

San Agustín decía:

«Dios no elige a los capaces; capacita a los que elige.»

La historia de la Iglesia está llena de hombres y mujeres que parecían poco adecuados para la misión que Dios les confiaba.

Moisés era tartamudo.

Pedro era impulsivo.

Pablo había perseguido a los cristianos.

Mateo era publicano.

Y, sin embargo, Dios realizó grandes obras a través de ellos.

La santidad no consiste en no tener defectos.

La santidad consiste en permitir que Dios actúe en nuestra vida.

Segunda clave: Seguir a Cristo exige levantarse

El Evangelio dice:

«Se levantó y lo siguió.»

Estas palabras son breves, pero contienen toda una conversión.

Mateo deja atrás su antigua vida.

Abandona sus seguridades.

Deja su mesa de impuestos.

Y comienza una nueva existencia siguiendo a Jesús.

Toda vocación implica un levantarse.

Hay personas que llevan años escuchando la voz de Dios, pero permanecen sentadas.

Saben lo que deberían cambiar, pero no dan el paso.

Saben qué camino les pide el Señor, pero tienen miedo.

Mateo nos enseña la importancia de responder con generosidad.

La llamada de Dios siempre exige una decisión.

Quizá hoy el Señor nos está invitando a:

  • recuperar la oración,
  • acercarnos a la confesión,
  • perdonar a alguien,
  • comprometernos más en la vida cristiana,
  • o dar un paso concreto en nuestro camino espiritual.

La pregunta es:

¿Estoy dispuesto a levantarme y seguir a Cristo?

San Francisco de Asís escuchó una llamada y respondió.

Santa Clara escuchó una llamada y respondió.

San Mateo escuchó una llamada y respondió.

La santidad comienza siempre con una respuesta generosa.

Tercera clave: La misericordia está en el corazón del Evangelio

Después de llamar a Mateo, Jesús se sienta a la mesa con publicanos y pecadores.

Los fariseos se escandalizan.

No comprenden cómo un maestro religioso puede compartir la mesa con personas consideradas impuras.

Entonces Jesús responde:

«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.»

Y añade:

«No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Estas palabras resumen toda la misión de Cristo.

Jesús no vino para condenar.

Vino para salvar.

No vino para alejar a los pecadores.

Vino para acercarlos al amor del Padre.

El Papa Francisco ha repetido muchas veces:

«Dios nunca se cansa de perdonar.»

La Iglesia debe ser precisamente el lugar donde las personas experimenten esa misericordia.

Todos necesitamos el perdón de Dios.

Todos somos pacientes del mismo Médico divino.

Por eso no podemos mirar a nadie con desprecio o superioridad.

La misericordia recibida debe convertirse en misericordia ofrecida.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de San Mateo nos recuerda que Dios sigue llamando hoy.

Nos llama no porque seamos perfectos, sino porque nos ama.

Nos invita a levantarnos de nuestras comodidades y seguridades para seguir a Cristo con decisión.

Y nos recuerda que la misericordia es el corazón del Evangelio.

Pidamos al Señor la gracia de escuchar su voz, responder con generosidad y vivir siempre agradecidos por la misericordia que hemos recibido.

Que San Mateo interceda por nosotros para que sepamos seguir a Cristo con valentía y anunciar el Evangelio con nuestra vida.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM