Lc 8, 19-21 «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

El Evangelio de hoy es breve, pero contiene una enseñanza profunda sobre la verdadera familia de Jesús. Mientras el Señor está enseñando a la multitud, alguien le comunica que su madre y sus hermanos están fuera y desean verlo. Entonces Jesús responde:

«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.»

A primera vista, podría parecer que Jesús está restando importancia a María. Pero ocurre exactamente lo contrario. Con estas palabras está revelando cuál es la verdadera grandeza de la Virgen.

María no es bienaventurada únicamente porque llevó a Jesús en su seno, sino porque escuchó la Palabra de Dios y la puso en práctica con total fidelidad.

El Evangelio nos invita a descubrir que todos nosotros estamos llamados a formar parte de la familia de Cristo.

Primera clave: Escuchar la Palabra de Dios

Jesús afirma:

«Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios.»

La vida cristiana comienza escuchando.

Dios habla constantemente a sus hijos.

Habla a través de:

  • la Sagrada Escritura,
  • la liturgia,
  • los sacramentos,
  • los acontecimientos de la vida,
  • y las personas que pone en nuestro camino.

Sin embargo, escuchar no siempre es fácil.

Vivimos en una sociedad llena de ruido.

Las preocupaciones, las prisas, los teléfonos móviles y las múltiples ocupaciones pueden impedirnos escuchar la voz de Dios.

El profeta Elías descubrió que Dios no estaba en el terremoto ni en el fuego, sino en la brisa suave.

También nosotros necesitamos momentos de silencio para escuchar al Señor.

San Jerónimo decía:

«Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo.»

Por eso es tan importante dedicar cada día unos minutos a leer el Evangelio y meditar la Palabra de Dios.

Un cristiano que no escucha a Dios corre el riesgo de caminar sin rumbo.

Segunda clave: No basta escuchar; hay que vivir la Palabra

Jesús no dice solamente: «Mi familia son los que escuchan».

Añade algo muy importante:

«Y la cumplen.»

Aquí encontramos el corazón del mensaje.

La fe cristiana no consiste únicamente en conocer la Palabra de Dios.

Consiste en ponerla en práctica.

Podemos escuchar muchas homilías, leer numerosos libros espirituales y participar en muchas celebraciones religiosas. Pero si el Evangelio no transforma nuestra vida, todo queda incompleto.

Santiago dirá:

«Sed cumplidores de la Palabra y no solamente oyentes» (Sant 1,22).

La verdadera fe se manifiesta en la vida cotidiana:

  • cuando perdonamos,
  • cuando ayudamos al necesitado,
  • cuando somos honestos,
  • cuando vivimos con humildad,
  • cuando amamos incluso a quienes nos cuesta amar.

La santidad no consiste en saber mucho sobre Dios.

La santidad consiste en vivir según la voluntad de Dios.

Tercera clave: María es el modelo perfecto del discípulo

El Evangelio de hoy nos ayuda a comprender la verdadera grandeza de María.

Ella fue la primera en escuchar la Palabra y cumplirla.

Cuando el ángel le anunció el plan de Dios respondió:

«Hágase en mí según tu palabra.»

Desde ese momento toda su vida estuvo marcada por la obediencia y la confianza.

Escuchó la Palabra en Nazaret.

La vivió en Belén.

La custodió durante los años ocultos de Jesús.

Permaneció fiel al pie de la cruz.

Y perseveró junto a los discípulos en Pentecostés.

San Agustín decía:

«María fue más feliz por haber recibido la fe de Cristo que por haber concebido la carne de Cristo.»

Es decir, su grandeza no consiste solamente en ser Madre de Jesús según la carne, sino en haber sido la discípula más fiel.

Por eso María sigue siendo el modelo de todos los cristianos.

Ella nos enseña a escuchar, creer y obedecer.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos recuerda que todos estamos llamados a formar parte de la familia de Jesús.

La condición para pertenecer a esta familia es sencilla:

  • escuchar la Palabra de Dios,
  • acogerla con fe,
  • y ponerla en práctica cada día.

Pidamos al Señor la gracia de tener un corazón abierto a su voz.

Y pidamos a María Santísima que nos enseñe a responder como ella:

«Hágase en mí según tu palabra.»

Que nuestra vida sea un reflejo vivo del Evangelio y que podamos vivir siempre como verdaderos hermanos y hermanas de Cristo.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM