Lc 9, 7-9 «A Juan yo lo mandé decapitar. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

El Evangelio de hoy nos presenta una figura muy conocida: el rey Herodes. Después de escuchar todo lo que Jesús estaba haciendo, queda profundamente inquieto. Ha oído hablar de sus milagros, de sus enseñanzas y de la multitud que lo sigue. Algunos dicen que Jesús es Juan Bautista resucitado; otros, que es Elías; otros, que ha aparecido uno de los antiguos profetas.

Herodes escucha todas estas opiniones y termina formulando una pregunta que atraviesa los siglos y llega hasta nosotros:

«¿Quién es este?»

Esta es una de las preguntas más importantes de toda la vida cristiana. Porque la fe no comienza con una norma, una doctrina o una tradición. La fe comienza cuando nos encontramos con una Persona: Jesucristo.

También hoy muchas personas tienen opiniones sobre Jesús. Algunos lo consideran un gran maestro moral. Otros lo ven como un personaje histórico. Otros lo admiran como un profeta o un reformador religioso. Pero la pregunta decisiva sigue siendo la misma:

¿Quién es Jesús para mí?

A la luz de este Evangelio reflexionemos sobre tres enseñanzas fundamentales.

Primera clave: No basta oír hablar de Jesús; es necesario encontrarlo

Herodes había oído muchas cosas acerca de Jesús.

Conocía su fama.

Sabía que realizaba milagros.

Escuchaba los comentarios de la gente.

Pero no conocía verdaderamente a Cristo.

Este riesgo también existe hoy.

Muchas personas saben cosas sobre Jesús.

Han escuchado hablar de Él desde niños.

Conocen algunas enseñanzas del Evangelio.

Participan ocasionalmente en celebraciones religiosas.

Pero todavía no han tenido un encuentro personal con Cristo.

Existe una gran diferencia entre conocer información sobre Jesús y conocer verdaderamente a Jesús.

San Pablo decía:

«Todo lo considero pérdida comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3,8).

La fe cristiana no consiste solamente en aprender datos religiosos.

Consiste en encontrarse con el Señor vivo.

Por eso la oración es tan importante.

Porque la oración nos permite pasar de saber cosas sobre Cristo a vivir una relación personal con Él.

La pregunta que debemos hacernos hoy es:

¿Conozco realmente a Jesús o solamente conozco cosas sobre Él?

Segunda clave: Una conciencia inquieta no encuentra paz lejos de Dios

Herodes aparece inquieto.

Y no es difícil entender por qué.

Había mandado ejecutar a Juan Bautista.

Había rechazado la verdad.

Había preferido sus intereses personales antes que la voluntad de Dios.

Por eso vive con miedo y confusión.

El pecado siempre deja inquietud en el corazón.

Podemos intentar ignorar la voz de la conciencia.

Podemos distraernos.

Podemos buscar explicaciones.

Pero el corazón humano ha sido creado para Dios.

San Agustín escribió una frase que sigue siendo actual después de tantos siglos:

«Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.»

Muchas personas buscan la felicidad en el dinero, el poder, el placer o el éxito.

Sin embargo, tarde o temprano descubren que ninguna de esas cosas puede llenar completamente el corazón.

Solo Dios puede dar la paz verdadera.

Por eso la Iglesia insiste tanto en la importancia de la conversión, de la confesión y del encuentro sincero con el Señor.

Cuando vivimos lejos de Dios, algo dentro de nosotros permanece inquieto.

Cuando regresamos a Él, encontramos la paz.

Tercera clave: Cada persona debe responder a la pregunta sobre Jesús

La pregunta de Herodes prepara otra pregunta que aparecerá más adelante en el Evangelio:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Esta pregunta no admite respuestas prestadas.

No basta repetir lo que dicen los demás.

Cada uno debe responder personalmente.

Para algunos, Jesús es una tradición.

Para otros, una referencia cultural.

Pero para el cristiano Jesús es:

  • el Hijo de Dios,
  • el Salvador del mundo,
  • el Señor de la historia,
  • el Camino, la Verdad y la Vida.

San Pedro responderá más adelante:

«Tú eres el Mesías de Dios.»

Y esa misma profesión de fe debe brotar también de nuestro corazón.

La verdadera fe no consiste simplemente en creer que Dios existe.

Consiste en poner a Cristo en el centro de la vida.

Cuando Jesús ocupa el primer lugar, nuestras decisiones cambian.

Nuestra manera de amar cambia.

Nuestra forma de afrontar las dificultades cambia.

Toda la vida adquiere un sentido nuevo.

San Francisco de Asís descubrió esta verdad y por eso pudo decir:

«Mi Dios y mi todo.»

Cristo se convirtió en el centro absoluto de su existencia.

También nosotros estamos llamados a hacer de Jesús el fundamento de nuestra vida.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a responder personalmente a la gran pregunta de la fe:

¿Quién es Jesús para mí?

No basta escuchar hablar de Él.

No basta admirarlo desde lejos.

Estamos llamados a conocerlo, amarlo y seguirlo.

Pidamos al Señor la gracia de encontrarnos cada día más profundamente con Él.

Que nuestra fe no sea solamente una tradición heredada, sino una relación viva y personal con Jesucristo.

Y que María Santísima, que conoció a Jesús mejor que nadie, nos ayude a descubrir cada día más la grandeza de su Hijo.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM