Lc 9, 43b-45 «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

El Evangelio de hoy comienza diciendo que todos estaban admirados por las obras de Jesús. La multitud contemplaba sus milagros, escuchaba sus enseñanzas y se maravillaba de su poder. Sin embargo, precisamente en ese momento de éxito y admiración popular, Jesús sorprende a sus discípulos con unas palabras difíciles de comprender:

«Meteos bien esto en los oídos: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.»

Los discípulos no entendían estas palabras. Esperaban un Mesías triunfante, poderoso y victorioso según los criterios humanos. Pero Jesús les habla de entrega, sufrimiento y cruz.

También hoy nosotros podemos tener dificultades para comprender esta lógica de Dios. Por eso el Evangelio nos invita a reflexionar sobre tres enseñanzas fundamentales.

Primera clave: Los caminos de Dios no son los caminos del mundo

Mientras la gente admira los milagros, Jesús comienza a hablar de su pasión.

Humanamente parece una contradicción.

Si todos lo siguen y lo admiran, ¿por qué hablar de sufrimiento?

Porque Jesús sabe que su misión no consiste en conquistar el mundo mediante el poder, sino mediante el amor.

Los hombres buscan frecuentemente:

  • el éxito,
  • el reconocimiento,
  • la fama,
  • el prestigio,
  • el poder.

Dios, en cambio, nos muestra otro camino: el de la humildad y el servicio.

El profeta Isaías ya había anunciado a un Mesías que sería el Siervo sufriente.

Y Jesús cumple esa profecía entregando su vida por amor.

San Pablo escribe:

«Mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos son mis caminos» (cf. Is 55,8).

Muchas veces nosotros también queremos que Dios actúe según nuestros planes.

Pero el Señor nos invita a confiar incluso cuando no comprendemos completamente sus caminos.

La fe madura precisamente cuando seguimos creyendo en medio de las dificultades.

Segunda clave: La cruz forma parte del camino cristiano

Los discípulos no entendían porque todavía no habían comprendido el misterio de la cruz.

Querían una gloria sin sacrificio.

Querían una corona sin cruz.

Y esta tentación sigue existiendo hoy.

A todos nos gustaría una vida sin problemas, sin sufrimientos y sin pruebas.

Sin embargo, Jesús nunca prometió una existencia fácil.

Prometió algo mucho más grande: su presencia constante en medio de las dificultades.

La cruz no es un castigo.

La cruz forma parte del camino del amor.

Un padre que se sacrifica por sus hijos carga una cruz por amor.

Una madre que cuida a un hijo enfermo carga una cruz por amor.

Un sacerdote fiel a su vocación carga una cruz por amor.

Una persona que perdona una ofensa carga una cruz por amor.

Cuando vivimos nuestras dificultades unidos a Cristo, el sufrimiento adquiere un sentido nuevo.

San Juan Pablo II afirmaba:

«La cruz es la escuela del amor más grande.»

Cristo no elimina todas nuestras cruces, pero camina con nosotros y nos da fuerza para llevarlas.

Tercera clave: Dios transforma la derrota en victoria

Los discípulos escucharon el anuncio de la pasión, pero todavía no comprendían que después de la cruz vendría la Resurrección.

La última palabra no sería el sufrimiento.

La última palabra sería la vida.

Esta es una de las verdades más hermosas de nuestra fe.

Dios tiene la capacidad de transformar:

  • el dolor en crecimiento espiritual,
  • la prueba en fortaleza,
  • la caída en aprendizaje,
  • la cruz en camino de salvación.

San Francisco de Asís comprendió profundamente este misterio. Por eso podía alegrarse incluso en medio de la enfermedad y de las dificultades.

Sabía que el amor de Dios era más fuerte que cualquier sufrimiento.

También nosotros vivimos momentos de incertidumbre.

A veces no entendemos por qué ocurren ciertas cosas.

Pero el Evangelio nos invita a mirar más allá del momento presente.

La historia de Cristo nos enseña que después del Calvario llega la mañana de Pascua.

Dios nunca abandona a quienes confían en Él.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos recuerda que los caminos de Dios son diferentes de los caminos del mundo.

Jesús nos enseña que:

  • la verdadera grandeza se encuentra en la humildad,
  • la cruz forma parte del camino del discípulo,
  • y la Resurrección siempre tiene la última palabra.

Pidamos al Señor la gracia de confiar en Él incluso cuando no comprendamos plenamente sus planes.

Que aprendamos a llevar nuestras cruces con fe y esperanza, sabiendo que Cristo camina siempre a nuestro lado.

Y que María Santísima, que permaneció fiel junto a la cruz de su Hijo, nos ayude a perseverar con confianza hasta alcanzar la alegría de la Resurrección.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM