
Lc 9, 46-50 «El más pequeño de vosotros es el más grande»
Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.
El Evangelio de hoy nos presenta una escena muy humana. Los discípulos, que han caminado con Jesús, han escuchado sus enseñanzas y han sido testigos de sus milagros, comienzan a discutir entre ellos sobre quién es el más importante.
Mientras Jesús les habla de entrega, humildad y servicio, ellos piensan en puestos de honor y en grandeza humana.
Quizá nos sorprenda esta actitud de los Apóstoles, pero si somos sinceros, descubriremos que muchas veces también nosotros caemos en la misma tentación. Nos gusta ser reconocidos, valorados, admirados y tenidos en cuenta. Buscamos ocupar los primeros lugares y recibir elogios.
Por eso Jesús aprovecha esta discusión para enseñar una de las lecciones más importantes del Evangelio: la verdadera grandeza no consiste en dominar, sino en servir.
Reflexionemos sobre tres enseñanzas fundamentales que encontramos en este pasaje.
Primera clave: La humildad es el camino de la verdadera grandeza
El Evangelio nos dice que Jesús, conociendo los pensamientos de sus discípulos, tomó a un niño y lo puso junto a Él.
En aquella sociedad, los niños no ocupaban un lugar importante. No tenían prestigio, poder ni influencia.
Precisamente por eso Jesús los utiliza como ejemplo.
Dice:
«El más pequeño de vosotros es el más grande.»
Con estas palabras, el Señor cambia completamente los criterios humanos.
Para el mundo, grande es quien tiene poder.
Grande es quien posee riquezas.
Grande es quien recibe aplausos.
Pero para Dios, grande es quien sabe hacerse pequeño.
San Agustín decía:
«¿Quieres ser grande? Comienza por ser pequeño.»
La humildad no consiste en despreciarse a uno mismo.
Consiste en vivir en la verdad.
Consiste en reconocer que todo lo bueno que tenemos es un don recibido de Dios.
Los santos comprendieron esta verdad.
Cuanto más cerca estaban de Dios, más humildes se volvían.
San Francisco de Asís se consideraba el más pequeño de todos.
Santa Clara vivió escondida en la sencillez.
Santa Teresa de Lisieux descubrió la santidad en el «caminito» de las pequeñas cosas.
La verdadera grandeza siempre está unida a la humildad.
Segunda clave: El discípulo auténtico vive para servir
Jesús no elimina el deseo de ser grandes.
Lo transforma.
Nos enseña que la verdadera grandeza se alcanza sirviendo.
Toda la vida de Cristo fue un servicio.
Sirvió a los enfermos.
Sirvió a los pecadores.
Sirvió a los pobres.
Y finalmente sirvió entregando su vida en la cruz.
Por eso dirá en otra ocasión:
«El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir.» (Mc 10,45)
La pregunta importante no es:
«¿Qué puedo recibir?»
Sino:
«¿Qué puedo ofrecer?»
En nuestras familias, comunidades y parroquias encontramos numerosas oportunidades para servir.
A veces pensamos que servir significa realizar grandes obras.
Sin embargo, el servicio comienza en lo cotidiano:
- escuchar a quien necesita ser escuchado,
- ayudar a una persona mayor,
- acompañar a un enfermo,
- dedicar tiempo a quien está solo,
- colaborar generosamente en la vida de la comunidad.
Santa Teresa de Calcuta decía:
«Quien no vive para servir, no sirve para vivir.»
El Evangelio nos recuerda que la verdadera felicidad nace de la entrega.
Tercera clave: Dios puede actuar a través de muchas personas
La segunda parte del Evangelio presenta una situación interesante.
Juan dice a Jesús:
«Hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido porque no viene con nosotros.»
Los discípulos pensaban que solamente ellos podían actuar en nombre de Jesús.
Pero el Señor responde:
«No se lo impidáis, porque el que no está contra vosotros está a favor vuestro.»
Aquí encontramos una enseñanza de gran actualidad.
Dios es más grande que nuestros grupos, movimientos o comunidades.
El Espíritu Santo actúa donde quiere.
Muchas veces podemos caer en la tentación de pensar que solo nosotros hacemos las cosas bien.
Jesús nos invita a reconocer el bien allí donde aparece.
El Papa Benedicto XVI afirmaba:
«La verdad y el bien pueden encontrarse allí donde actúa el Espíritu de Dios.»
Esto nos llama a vivir con humildad y apertura.
No somos dueños de la gracia.
Somos servidores de la gracia.
Debemos alegrarnos cada vez que alguien trabaja por el Reino de Dios, aunque lo haga de una manera diferente a la nuestra.
La verdadera grandeza no busca protagonismo.
Busca que Cristo sea conocido y amado.
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a revisar nuestros criterios de grandeza.
Jesús nos enseña que:
- la humildad es el camino de la verdadera grandeza,
- el servicio es la medida del discípulo,
- y la acción de Dios es siempre más amplia que nuestros propios límites.
Pidamos al Señor un corazón sencillo y humilde.
Que aprendamos a servir sin buscar reconocimientos.
Que sepamos alegrarnos por el bien que realizan los demás.
Y que, siguiendo el ejemplo de María Santísima, la humilde esclava del Señor, pongamos toda nuestra vida al servicio de Dios y de nuestros hermanos.
Amén.
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM