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Hoy la Iglesia celebra la solemnidad litúrgica del Corazón de Dios: “hoy es la fiesta del Amor”, afirmó el Papa Francisco hace años. El apóstol Pablo nos dice cómo es el amor (1Cor 13) y Juan nos recuerda en que consiste vivir ese Amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios sino que Él nos ha amado primero. Él nos espera con Amor. Él es el primero en amar.

Recordando lo dicho ayer, la verdadera devoción al Corazón de Jesús arranca en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, en mirar a Jesús y acudir a Él. Dios Padre se ha dignado concedernos, en el Corazón de su Hijo tesoros inagotables de amor, de misericordia para, como dice Oseas, atraernos hacia Él con ternura maternal, con cuerdas de cariño, con lazos de amor.  Esta gracia renueva al humano desde dentro y le convierte de pecador en hijo penitente, en hermano bueno y fiel. La fuente de todas las gracias es el Amor que Dios nos tiene y de esa fuente mana siempre una verdadera conversión.

El Amor divino hace que la segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, tome nuestra carne. El Amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor de Jesucristo por nuestra tierra hasta el sacrificio postrero de la Cruz y, es en la Cruz, donde manifiesta con un nuevo signo el Amor que se nos da para ser dado: agua y sangre. Bautismo y Eucaristia manan del corazón herido de Jesús para que nos aupemos sobre las cosas de este mundo acercándonos a beber el agua viva que nos haga vivir de Dios y vivir para esa gloria de Dios que se logra por el bien hecho a los demás en Su nombre.

Mirando al Sagrado Corazón vemos que lo primero es mirarle a El y a El entregarnos, hablar de lo Suyo y no de nosotros, siendo éste el mejor modo de mirar por nosotros porque somos lo más importante para Él,  como cada uno de nuestros semejantes, sin excepción. Recordando la última enciclica del recientemente difunto Papa Francisco y al Arzobispo de Toledo cuando hablan tan frecuentemente de que el mundo está en llamas y la paz agoniza mientras lo perdemos todo con la guerra y el conflicto como dialectica y forma de relación, hagamos nosotros por no echar gasolina a ese fuego sino todo lo contrario: aportemos los frutos de una verdadera devoción al Corazón de Jesús.

Para San Francisco de Asis, tan amante de la humanidad de Jesús, la verdadera “devoción” consistía en “devolver con unción” al Señor Dios las gracias recibidas, restituir al Señor los talentos de Él recibidos acompañándolos de los frutos obtenidos gracias a haberlos puesto al servicio de la obra de la Redención por el amor fraterno hecho obras.

Si hay crisis en esta devoción hacia la divina humanidad del Redentor se trata de crisis en el corazón de los hombres. La plenitud de Dios se nos revela y se nos da en Cristo porque es el Corazón de Aquel en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad  (Col 2, 9.) el que nos hace palpitar con Sus mismos sentimientos hacia el Padre y hacia la entera humanidad.

La Ascensión y Pentecostes, la Visitacion de Maria, la Santísima Trinidad, el Corpus Christi. La obra del Resucitado consiste en forjar en nosotros por Su Santo Espiritu Su mismo Corazón para que vivamos de la Caridad, para que seamos un reflejo tendencialmente más y más coherente de Aquel de quien nos alimentamos sobre el altar.

La Paz y la Justicia de la Caridad, la Misericordia vivida desde la Verdad radical sobre Dios y sobre el ser humano son la verdadera devoción al divino y sagrado Corazón que hoy necesitamos recuperar, que necesitamos vivir para poder irradiar Verdad, Vida y Esperanza para este mundo enloquecido.