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[Mateo] “En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme.
Él se levantó y lo siguió. Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?
Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores.”
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Los publicanos eran judios recaudadores de impuestos para el invasor romano. Roma calculaba los impuestos que se podían cobrar en un distrito o una zona y arrendaba o licitaba esa cantidad a algunos judíos importantes. El que conseguía quedarse con el arriendo o la licitación procedía a cobrar los impuestos a su propia gente en beneficio del invasor y en el suyo propio pues hacían grandes fortunas a costa de su propia gente. Uno de estos era Mateo, a quien hoy Jesús rescata de su lodo para convertirlo en uno de los Suyos. La escena se desarrolla en la coherencia de la dedicación de Jesús por todos pero, como haría una madre, primando a los más necesitados, a los más débiles y a los más heridos y descarriados.

¿A quiénes consideran los fariseos de hoy en la Iglesia como indignos de sentarse con Jesús y con los suyos? Podemos pensar en las personas en situación de pareja irregular, hetero u homosexuales, podemos pensar en los tildados de “ilegales” que luchan por sobrevivir aunque a veces no de la forma más deseable, podemos pensar en cualquiera de esos a los que, por cualquier razón, miramos con recelo o incluso con algo de desprecio. Si, también nosotros podemos tener un pequeño fariseo dentro.

Por la cuestión del acceso a los sacramentos, a menudo pastores y fieles estigmatizamos a tantos, cerramos las puertas de los templos y de nuestro corazón a quienes viven de un modo que aún no les permite participar con plenitud en la vida de la Iglesia. Como la vida cristiana, la vida comunitaria de los hijos de Dios, no se limita a la celebración y recepción de sacramentos, cuando por la necesaria disciplina sacramental y por reproponer la Verdad revelada sobre la sexualidad, el matrimonio o la familia “damos en las narices” a tantos con nuestro portazo, estamos pecando del reduccionismo que olvida que la Verdad cristiana arranca en la Revelación de que Dios es Amor, que es Padre y que quiere que todos Sus hijos se traten con el respeto y la veneracion con que se recibe el Cuerpo eucarístico de Su Hijo Jesús.

La Verdad siempre lo es, independientemente del número de personas que la acepten y crean. No rechacemos ni jamás juguemos a los que no pueden, no saben o no quieren aún adherirse a la plenitud de la Verdad que es Cristo para que, por la acogida fraterna de nuestra caridad cristiana, puedan hacer experiencia de cómo esa Verdad con nombre de varón nazareno les busca, particularmente a ellos, para que tengan una vida nueva, más plena y mejor, como hizo con Mateo y con tantos, quizá incluso contigo o conmigo.