

[Mateo] “En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. Curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”.
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El evangelio de hoy, enriquecido con los matices que le aportan sus paralelos de San Marcos y San Lucas, tiene un fuerte contenido vocacional mirando a aquellos pastores que, por haber sido llamados por Jesús, han de continuar Su misión con urgencia, sin distracciones, imitando el estilo de vida y la forma de ejercer la autoridad y el liderazgo del buen pastor de Nazaret.
Los que hemos sido llamados al sacerdocio ministerial hemos de tener siempre muy presente que, parte fundamental de nuestra vocación, consiste en mortificar la carnalidad de nuestro corazón humano, el ego natural herido e infantilizado por el pecado, para que cada vez haya más lugar en nosotros para los sentimientos y el estilo del corazón divino de quien nos llamó.
“Os daré pastores según mi corazón “. Esta frase de Jeremias daba a título a la exhortación apostólica postsinodal de San Juan Pablo II “Pastoris Dabo Vobis”, en la que se nos llama a los pastores, entre otras muchas cosas, a encarnar el Sagrado Corazón de Jesús para ofrecerselo al Padre a través de todos aquellos a los que nos entreguemos como sacerdotes.
Todos los bautizados tienen derecho a que los sacerdotes vivamos con generosidad y denuedo nuestra vocación de forma que, a pesar de nuestros límites, pecados e imperfecciones, puedan encontrar en nosotros un punto de apoyo y una chispa de luz que se les ofrezca siempre con la mansedumbre, la acogida y la benevolencia que caracterizan a Jesucristo. Siempre pero aún más en esta sociedad llena de lobos, los sacerdotes precisan del abrazo y la oración, del cuidado y la corresponsabilidad de los fieles o, de lo contrario, probablemente se romperán bajo el peso de la aridez ardiente de la parte más oscura de la soledad.
Mirando a los miembros de cualquier comunidad cristiana, cómo todo derecho tiene a su lado a esa hermana siamesa suya que es una obligación que salvaguarda el derecho de otros, los fieles han de ser siempre para sus pastores un cálido apoyo que, a través del respeto y del espíritu comunion fraterna, sepan ofrecerles a los sacerdotes el afecto, la corrección fraterna, la colaboración y también esa amorosa acogida que les facilitará corresponder como mínimo con otro tanto. Todos iguales por la común dignidad bautismal y todos unidos, apoyándonos unos a otros, para que cada uno pueda vivir con mayor autenticidad su particular vocación al servicio de toda la comunidad y, juntos, y además unidos, al servicio de la entera humanidad. Hagámoslo realidad, al menos un poco más.