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[Mateo] “le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló.
La gente decía admirada: -Nunca se ha visto en Israel cosa igual.
En cambio, los fariseos decían: Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios.
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.”
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“De qué se trata que me opongo”, es la actitud del amargado o del soberbio que o no ve cómo ni por donde salir de su amargura o se tiene por el “no va más” y descalifica todo lo que pueda sugerirle que ni es tan bueno como quiere creer ni es sana y admirable su forma de vivir. Así eran los que cerraban los ojos a la evidencia que ponía de manifiesto el bien que obraba Jesús por las personas a las que ellos no sabían ni querían ayudar. Cuando uno vive impotente bajo sus tinieblas y miserias personales se instala en ellas mientras las trata de extender sobre cuantos puede apagando la luz que otros encienden.

Algo semejante a lo que vemos en la escena evangélica que le ocurría a Jesús le ocurre hoy a la Iglesia y a los que, desde ella, extienden el humanismo evangélico y promueven la justicia de la caridad que no disfraza de limosna lo que se debe a otros por derecho. Alardes de cinismo cobarde contra la obra y contra los “trabajadores” de la Iglesia son frases como “Hacen el bien porque necesitan sentirse buenos”, “Déjalos, que así se compran el cielo”, “Que menos van a hacer estos parasitos” o cosas como “Con todo lo que se llevan del Estado ya podrían hacer más” son los ataques hoy de los descendientes que acusaban ayer a Jesús de obrar prodigios con un poder demoníaco.

La mies es mucha, las personas necesitadas de razones para la esperanza son incontables y todo un ejercito los que se marchitan bajo la losa del escepticismo decepcionado en el estado actual de las cosas tanto fuera como dentro de España.

Seamos nosotros obreros, trabajadores de Dios y de la Iglesia para anunciar incluso con la palabra que las cosas pueden ser diferentes, que hay muchísimas más buenas personas que golfos apandadores y tíos gilito perdidos en sus ardides de rapiña o en su codicia. Convirtamos nuestras relaciones humanas y nuestra labor profesional en nuestro altar personal y sean nuestras obras por el bien de otros la ofrenda eucarística que presentamos al Padre mientras nos acercamos al altar para recibir a la víctima pascual que nos envia a ser en el mundo una centella de Su Luz, una brizna de Su resplandor, un ápice de lo que Él es y también hoy quiere entregar al mundo, particularmente a nuestro través.