

[Mateo] “Dijo Jesús a sus apóstoles: Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis.”
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Gratuidad pon gratitud a quien te ha amado primero y te lo ha dado todo cuando tú no podías merecer nada. Una idea nada más, extraída de las lecturas de hoy que ha de ser experimentada en toda su radicalidad hasta convertirse en la médula espinal de nuestra vida cristiana.
De esa conciencia de ser tan amado, perdonado y regenerado a una vida nueva por la gratuita misericordia de Dios cuando estábamos, tu y yo también, sumidos en la baja y mezquina vaciedad del pecado y por ello no podíamos merecer nada de Dios, de ahí puede brotar la misericordia hacia los demás, la empatia solidaria de reconocernos iguales, no sólo en dignidad sino también en la indignidad; de la experiencia de ser objeto del infinito de Dios por puro Amor Suyo surgirá una alegría nueva y una nueva libertad para desprendernos de cuanto nos pretende recluir en la conciencia cainita de los sin-Dios, pudiendo amanecer a ese mundo nuevo que es el de siempre pero que ahora presenta oportunidades y retos donde antes solo encontrabamos peligros y razones para la desesperanza. Por gratitud al Amor de Dios quiero cambiar mi vida, puedo hacerlo y lo haré, aunque sólo fuera por corresponder al don recibido de lo alto y que quisiera pregonar a los cuatro vientos.
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“Si alguno no os recibe o no escucha vuestras palabras, al salir de su casa o de la ciudad, sacudid el polvo de los pies. En verdad os digo que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquella ciudad.”
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Si ese pregón nuestro sobre la alegría y la novedad de vida que confiere la fe fuera acertado, fiel a la Buena Noticia que nos ha hecho renacer, si extinguieramos nuestras desviaciones ideológicas y achicaramos nuestras opiniones al anunciar y testimoniar a Jesús, ni Sodoma ni Gomorra harían oídos sordos a esa presentacion autentica de la belleza de Jesucristo y de Su Evangelio.
Cuando alguien rechace nuestro anuncio cristiano o ignore e incluso descalifique nuestro mejor testimonio, no nos apresuremos en juzgar ni condenar, dando así salida y expresión a nuestro herido amor propio; más bien esforcémonos por ser una imagen más fiel de aquello que predicamos, esforcémonos porque nuestro anuncio tenga mayor pureza desde una creciente pureza de corazón y de intención que solo beba del amor de Dios y únicamente busque difundir y compartir la alegría y la felicidad que confiere saberse tan amado por Él.