Lc 7, 31-35 «Hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

Hoy la Iglesia celebra la memoria de los santos Cornelio y Cipriano, dos grandes pastores de la Iglesia primitiva que dieron testimonio de Cristo hasta derramar su sangre. Vivieron en tiempos difíciles, marcados por persecuciones, divisiones y sufrimientos. Sin embargo, permanecieron fieles al Evangelio hasta el final.

Las lecturas de hoy nos hablan precisamente de esa fidelidad que nace del amor. San Pablo, en la primera lectura, nos ofrece uno de los textos más bellos de toda la Escritura: el himno a la caridad. Y el Evangelio nos muestra a Jesús lamentándose de la dureza de corazón de quienes no quieren escuchar ni a Juan Bautista ni al mismo Cristo.

La Palabra de Dios nos invita hoy a reflexionar sobre tres enseñanzas fundamentales.

Primera clave: El peligro de un corazón cerrado a Dios

Jesús compara a sus contemporáneos con niños caprichosos sentados en la plaza.

Dice:

«Hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado.»

Juan Bautista vino con una vida austera y penitente, y dijeron que estaba endemoniado.

Jesús vino compartiendo la mesa con pecadores y publicanos, y dijeron que era un comilón y un borracho.

El problema no estaba en Juan ni en Jesús.

El problema estaba en quienes tenían el corazón cerrado.

Esta situación sigue siendo actual.

Muchas veces Dios nos habla:

  • a través de la Palabra de Dios,
  • mediante una homilía,
  • por medio de una persona,
  • a través de una dificultad,
  • o incluso mediante un acontecimiento inesperado.

Pero si nuestro corazón está endurecido, no escucharemos su voz.

San Agustín decía:

«Temo al Señor que pasa y no vuelve.»

Es decir, debemos estar atentos a las visitas de Dios en nuestra vida.

La pregunta que hoy debemos hacernos es:

¿Tengo un corazón abierto a la acción de Dios o me he acostumbrado tanto a las cosas de la fe que ya no me dejo interpelar por ellas?

Segunda clave: El amor es la medida de toda vida cristiana

La primera lectura nos presenta el famoso himno a la caridad.

San Pablo afirma:

«Ahora quedan la fe, la esperanza y el amor; pero la más grande de todas es el amor.»

Estas palabras son el corazón de la vida cristiana.

Podemos tener conocimientos teológicos, realizar muchas actividades pastorales o participar en numerosas celebraciones religiosas.

Pero si falta el amor, todo pierde su verdadero valor.

San Pablo llega a decir:

«Si no tengo amor, nada soy.»

El amor es la medida de nuestra relación con Dios.

El amor es la medida de nuestra santidad.

El amor es la medida de nuestra credibilidad cristiana.

San Cipriano enseñaba:

«No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre.»

Y añadía que la unidad y la caridad son signos esenciales de los discípulos de Cristo.

En nuestras familias, comunidades religiosas y parroquias, la pregunta decisiva no será cuánto sabemos, sino cuánto amamos.

Tercera clave: La sabiduría de Dios se reconoce por sus frutos

El Evangelio termina con una frase muy profunda:

«La sabiduría se acredita por todos sus hijos.»

Jesús nos enseña que la verdad de Dios se reconoce por los frutos que produce.

Un árbol bueno da frutos buenos.

Una vida unida a Dios produce:

  • paz,
  • misericordia,
  • paciencia,
  • humildad,
  • servicio,
  • alegría.

Los santos Cornelio y Cipriano son un ejemplo de ello.

En tiempos de persecución defendieron la unidad de la Iglesia.

En momentos de conflicto buscaron la reconciliación.

Y cuando llegó la prueba definitiva, permanecieron fieles hasta el martirio.

Su vida produjo frutos abundantes porque estaba profundamente arraigada en Cristo.

También nosotros estamos llamados a dar frutos.

No basta llamarnos cristianos.

Debemos preguntarnos:

  • ¿Mis palabras acercan a los demás a Dios?
  • ¿Mi vida refleja el Evangelio?
  • ¿Soy instrumento de unidad o de división?
  • ¿Estoy dando frutos de santidad?

Como decía San Francisco de Asís:

«El árbol se conoce por sus frutos, y el siervo de Dios por sus obras.»

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios nos invita hoy a abrir el corazón a la voz del Señor, a vivir la caridad como centro de nuestra existencia y a dar frutos de santidad.

Los santos Cornelio y Cipriano nos recuerdan que la fidelidad a Cristo exige valentía, amor y perseverancia.

Pidamos al Señor la gracia de tener un corazón disponible para escuchar su voz y un corazón lleno de amor para servir a nuestros hermanos.

Que María Santísima, Madre de la Iglesia, nos ayude a caminar siempre en la verdad, en la unidad y en la caridad.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM