
Lc 7, 36-50 «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho»
Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.
El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más hermosas y conmovedoras de la vida de Jesús. Un fariseo llamado Simón invita al Señor a comer en su casa. Durante la comida entra una mujer conocida públicamente como pecadora. Sin decir una palabra, se acerca a Jesús, se arrodilla a sus pies, los baña con sus lágrimas, los seca con sus cabellos, los besa y los unge con perfume.
Mientras aquella mujer expresa su amor y arrepentimiento, el fariseo la juzga en silencio. Ve únicamente su pasado. Jesús, en cambio, ve su corazón.
Al final del relato, el Señor pronuncia unas palabras llenas de misericordia:
«Tus pecados quedan perdonados.»
Y añade:
«Tu fe te ha salvado; vete en paz.»
Este Evangelio nos habla del amor, del perdón y de la transformación que la gracia de Dios puede realizar en una persona.
Primera clave: Dios mira el corazón y no el pasado
Simón el fariseo veía en aquella mujer solamente una pecadora.
Jesús veía una hija de Dios arrepentida.
Aquí encontramos una enseñanza fundamental para nuestra vida cristiana.
Con frecuencia nosotros también corremos el riesgo de etiquetar a las personas por sus errores, sus fracasos o sus pecados.
Miramos el pasado.
Dios mira el corazón.
Mientras los hombres juzgan las apariencias, Dios contempla las intenciones más profundas.
El profeta Samuel ya había enseñado esta verdad:
«El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (1 Sam 16,7).
Cuántas veces podemos equivocarnos al juzgar a los demás.
No conocemos sus luchas interiores.
No conocemos sus heridas.
No conocemos el camino que Dios está realizando en su alma.
Por eso Jesús nos invita a mirar a las personas con misericordia.
San Juan María Vianney decía:
«El buen Dios sabe todo. Antes incluso de que confeséis vuestros pecados, ya sabe que os arrepentiréis y os perdonará.»
La mirada de Cristo nunca humilla. Su mirada sana, levanta y transforma.
Segunda clave: El encuentro con Cristo transforma la vida
La mujer del Evangelio no pronuncia discursos.
No intenta justificarse.
No busca excusas.
Simplemente se acerca a Jesús con humildad.
Sus lágrimas expresan arrepentimiento.
Su perfume expresa amor.
Su silencio expresa confianza.
Ella ha descubierto algo extraordinario: que delante de Cristo siempre existe una nueva oportunidad.
Por eso Jesús cuenta la parábola de los dos deudores.
Uno debía mucho y otro poco.
Ambos fueron perdonados.
La conclusión es clara:
«Amará más aquel a quien más se le ha perdonado.»
La experiencia del perdón cambia la vida.
Quien se sabe amado por Dios ya no puede vivir de la misma manera.
Los santos son un ejemplo de ello.
San Agustín pasó años alejado de Dios, pero cuando experimentó la misericordia divina se convirtió en uno de los mayores santos de la Iglesia.
San Francisco de Asís pasó de buscar la gloria humana a vivir únicamente para Cristo.
La gracia transforma los corazones.
También nosotros necesitamos encontrarnos constantemente con la misericordia del Señor, especialmente en el sacramento de la Reconciliación.
Cada confesión es un encuentro con Cristo que nos levanta y nos devuelve la paz.
Tercera clave: El amor es la respuesta al perdón recibido
El centro del Evangelio se encuentra en estas palabras:
«Ha amado mucho.»
La mujer ama porque ha experimentado la misericordia.
El amor es siempre la respuesta al amor de Dios.
A veces vivimos la fe como una obligación, una costumbre o una serie de normas.
Pero el cristianismo nace del encuentro con un Dios que nos ama primero.
Cuando comprendemos cuánto nos ama Dios, surge en nosotros el deseo de responder con amor.
Ese amor se manifiesta:
- en la oración,
- en la Eucaristía,
- en el servicio a los demás,
- en la caridad,
- en el perdón,
- y en la fidelidad cotidiana.
Santa Teresa de Jesús decía:
«El amor no consiste en grandes sentimientos, sino en una gran determinación de servir a Dios.»
La verdadera santidad no consiste en no cometer errores jamás.
Consiste en levantarse una y otra vez confiando en la misericordia divina.
La mujer del Evangelio no es recordada por sus pecados, sino por su amor.
Y eso es precisamente lo que Dios desea realizar en cada uno de nosotros.
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a contemplar el rostro misericordioso de Cristo.
Jesús no rechaza a la pecadora.
La acoge.
La perdona.
La transforma.
Y le devuelve la paz.
Hoy el Señor nos recuerda que nadie está excluido de su amor.
No importa nuestro pasado.
No importa nuestras caídas.
Lo importante es acercarnos a Él con humildad y confianza.
Pidamos la gracia de experimentar profundamente el perdón de Dios y de responder con un amor sincero y generoso.
Que María Santísima, refugio de los pecadores y Madre de Misericordia, nos conduzca siempre al corazón de su Hijo.
Amén.
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM