Lc 8, 1-3 «Las mujeres iban con ellos y les servían con sus bienes»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

El Evangelio de hoy es breve, pero contiene una enseñanza muy profunda. San Lucas nos presenta a Jesús recorriendo ciudades y aldeas anunciando el Reino de Dios. Lo acompañan los Doce Apóstoles y también varias mujeres que habían sido curadas y liberadas por el Señor. Entre ellas aparecen María Magdalena, Juana, Susana y otras muchas que ayudaban a Jesús y a los discípulos con sus bienes.

A primera vista podría parecer un simple detalle histórico. Sin embargo, este pasaje nos revela algo esencial sobre la vida cristiana: todos estamos llamados a colaborar en la misión de Cristo.

Nadie es inútil en la Iglesia. Cada persona tiene una vocación, una misión y unos dones que pueden ponerse al servicio del Reino de Dios.

A la luz de este Evangelio reflexionemos sobre tres enseñanzas fundamentales.

Primera clave: Jesús llama a todos a participar en su misión

El Evangelio nos muestra una comunidad muy diversa alrededor de Jesús.

Están los Apóstoles, llamados a anunciar el Evangelio.

Pero también aparecen mujeres que colaboran activamente en la misión.

Esto era algo extraordinario para la mentalidad de aquella época.

Jesús rompe muchos esquemas culturales y nos enseña que todos tienen un lugar en el plan de Dios.

En la Iglesia no existen cristianos de primera y de segunda categoría.

Todos hemos recibido una vocación mediante el bautismo.

San Pablo lo expresa diciendo:

«Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu» (1 Cor 12,4).

Algunos sirven predicando.

Otros enseñando.

Otros ayudando a los pobres.

Otros acompañando a los enfermos.

Otros rezando silenciosamente por la Iglesia.

Todos somos necesarios.

El Papa Francisco recuerda con frecuencia que la Iglesia es un pueblo en camino donde cada bautizado tiene una misión.

Por eso debemos preguntarnos:

  • ¿Qué puedo ofrecer yo al Señor?
  • ¿Cómo estoy colaborando en la misión de la Iglesia?
  • ¿Estoy utilizando los dones que Dios me ha dado?

Cristo sigue necesitando colaboradores para anunciar el Evangelio al mundo.

Segunda clave: La gratitud se convierte en servicio

Las mujeres que acompañan a Jesús habían experimentado personalmente su misericordia.

María Magdalena había sido liberada.

Otras habían sido sanadas de enfermedades y sufrimientos.

Ahora responden con gratitud.

No sirven por obligación.

Sirven por amor.

Esta es una de las características más hermosas de la vida cristiana.

Quien ha experimentado el amor de Dios siente el deseo de responder.

La fe no puede quedarse encerrada en el corazón.

La fe auténtica siempre se transforma en servicio.

Santa Teresa de Calcuta decía:

«Las manos que ayudan son más sagradas que los labios que solamente rezan.»

La oración es esencial.

La Eucaristía es fundamental.

Pero ambas deben llevarnos al servicio concreto de nuestros hermanos.

Una familia cristiana se construye sirviendo.

Una comunidad cristiana crece sirviendo.

Una parroquia evangeliza sirviendo.

Cuando descubrimos cuánto nos ama Dios, nace espontáneamente el deseo de amar a los demás.

Tercera clave: La misión se sostiene con generosidad y entrega

San Lucas señala que aquellas mujeres ayudaban a Jesús y a los discípulos con sus bienes.

Ellas comprendieron que la misión necesita generosidad.

La evangelización siempre ha dependido de hombres y mujeres que ofrecen tiempo, talentos, recursos y esfuerzo para que el Reino de Dios crezca.

La Iglesia existe hoy gracias a la generosidad de innumerables personas:

  • catequistas,
  • voluntarios,
  • religiosos,
  • sacerdotes,
  • familias,
  • benefactores,
  • y tantos fieles que trabajan silenciosamente por el Evangelio.

San Francisco de Asís enseñaba:

«Todo lo que tenemos es un don recibido de Dios.»

Por eso estamos llamados a compartir.

No solamente nuestros bienes materiales.

También nuestro tiempo.

Nuestra escucha.

Nuestra disponibilidad.

Nuestra cercanía.

Nuestro testimonio.

La pregunta no es cuánto tenemos.

La pregunta es cuánto estamos dispuestos a ofrecer por amor a Dios.

Cuando compartimos generosamente, nos convertimos en colaboradores de la obra divina.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos recuerda que todos estamos llamados a participar en la misión de Cristo.

Las mujeres que acompañaban a Jesús nos enseñan tres actitudes fundamentales:

  • disponibilidad para servir,
  • gratitud por los dones recibidos,
  • y generosidad en la entrega.

Pidamos al Señor la gracia de descubrir nuestra misión dentro de la Iglesia y de vivirla con alegría.

Que nunca pensemos que somos demasiado pequeños o insignificantes para colaborar en la obra de Dios.

Porque en el Reino de los Cielos, incluso el gesto más sencillo realizado con amor tiene un valor inmenso.

Que María Santísima, la primera discípula y servidora del Señor, nos enseñe a responder con generosidad a la llamada de Cristo.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM