Lc 8, 4-15 «Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra y dan fruto con perseverancia»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

El Evangelio de hoy nos presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús: la parábola del sembrador. Un sembrador sale a sembrar y la semilla cae en distintos terrenos. Una parte cae junto al camino, otra entre piedras, otra entre zarzas y otra en tierra buena.

La semilla es la misma. El sembrador es el mismo. Lo que cambia es el terreno.

La Palabra de Dios sigue siendo anunciada hoy con la misma fuerza que hace dos mil años. El problema no está en la semilla, sino en la disposición del corazón que la recibe.

Jesús concluye diciendo:

«Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.»

Este Evangelio nos invita a preguntarnos qué tipo de terreno somos nosotros para la Palabra de Dios.

Primera clave: Dios no deja de sembrar su Palabra

Lo primero que llama la atención es la generosidad del sembrador.

Siembra por todas partes.

No selecciona únicamente los lugares perfectos.

No calcula dónde obtendrá más éxito.

Simplemente siembra.

Así actúa Dios con nosotros.

Dios no se cansa de hablarnos.

Nos habla:

  • en la Sagrada Escritura,
  • en la Eucaristía,
  • en la oración,
  • en los acontecimientos de la vida,
  • en la voz de nuestra conciencia,
  • y a través de tantas personas que encontramos en nuestro camino.

A veces pensamos que Dios está lejos o que guarda silencio.

Sin embargo, el problema muchas veces no es que Dios no hable, sino que nosotros no escuchamos.

Vivimos rodeados de ruido:

  • prisas,
  • preocupaciones,
  • teléfonos,
  • redes sociales,
  • obligaciones constantes.

Y en medio de tanto ruido resulta difícil escuchar la voz de Dios.

San Jerónimo decía:

«Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo.»

Por eso necesitamos dedicar tiempo cada día a la Palabra de Dios.

Solo quien escucha al Señor puede descubrir el camino que conduce a la verdadera felicidad.

Segunda clave: Los obstáculos que impiden crecer a la Palabra

Jesús explica que la semilla encuentra diversos obstáculos.

Algunos escuchan la Palabra, pero el maligno la arrebata rápidamente.

Otros la reciben con entusiasmo, pero no tienen raíces profundas y abandonan cuando llegan las dificultades.

Otros permiten que las preocupaciones, las riquezas y los placeres ahoguen la semilla.

Esta descripción refleja perfectamente muchas situaciones actuales.

Cuántas veces comenzamos algo con entusiasmo:

  • una etapa de oración,
  • una lectura espiritual,
  • un compromiso pastoral,
  • una decisión de conversión.

Pero después llegan las dificultades y abandonamos.

Otras veces el problema no es el rechazo abierto a Dios, sino la distracción permanente.

Las preocupaciones materiales terminan ocupando todo el espacio interior.

Jesús nos invita a examinar nuestro corazón.

¿Qué zarzas están ahogando hoy la semilla de Dios en mi vida?

Quizá:

  • el orgullo,
  • la comodidad,
  • la falta de tiempo para Dios,
  • el exceso de preocupaciones,
  • la superficialidad espiritual.

La vida cristiana requiere cuidar constantemente el terreno del corazón.

Tercera clave: La santidad nace de la perseverancia

La última parte de la parábola es la más importante.

La semilla que cae en tierra buena da fruto.

Pero Jesús añade un detalle muy significativo:

«Dan fruto con perseverancia.»

No habla de resultados inmediatos.

No habla de éxitos rápidos.

Habla de perseverancia.

Vivimos en una cultura de la inmediatez.

Queremos resultados rápidos para todo.

Sin embargo, el crecimiento espiritual requiere tiempo.

Un árbol no da fruto de la noche a la mañana.

Tampoco la santidad surge de manera instantánea.

Los santos llegaron a ser santos porque perseveraron.

San Francisco de Asís perseveró en medio de enfermedades y dificultades.

Santa Clara perseveró durante toda su vida en la pobreza evangélica.

San Pío de Pietrelcina perseveró durante décadas soportando sufrimientos físicos y espirituales.

La santidad no consiste en no caer nunca.

La santidad consiste en levantarse siempre y continuar caminando.

Como decía Santa Teresa de Jesús:

«La paciencia todo lo alcanza.»

Quien permanece fiel a la Palabra de Dios termina dando fruto abundante.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a abrir nuestro corazón a la semilla de la Palabra de Dios.

El Señor sigue sembrando con generosidad.

La pregunta es:

¿Qué tipo de terreno encuentra en nosotros?

Pidamos la gracia de ser tierra buena:

  • que escucha,
  • que acoge,
  • que guarda la Palabra,
  • y que persevera hasta dar fruto abundante.

Que María Santísima, que acogió la Palabra de Dios en su corazón y la llevó a la práctica con total fidelidad, nos enseñe a escuchar al Señor y a dar frutos de santidad en nuestra vida.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM