Lc 9, 1-6 «Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

Hoy la Iglesia celebra con alegría la memoria de San Pío de Pietrelcina, conocido popularmente como el Padre Pío. Fue un humilde fraile capuchino que dedicó su vida a la oración, a la celebración de la Eucaristía, a la confesión y al acompañamiento espiritual de miles de personas.

Su vida fue una demostración de que Dios sigue actuando poderosamente en medio de su pueblo. El Padre Pío comprendió que la misión más importante del cristiano consiste en acercar las almas a Cristo.

Providencialmente, el Evangelio de hoy nos presenta a Jesús enviando a los Doce Apóstoles en misión. Los envía a anunciar el Reino de Dios, a sanar a los enfermos y a llevar esperanza a los corazones.

Estas palabras siguen siendo actuales también para nosotros.

A través de este Evangelio, el Señor nos ofrece tres enseñanzas fundamentales.

Primera clave: Todo cristiano es un misionero

El Evangelio comienza diciendo:

«Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para curar enfermedades.»

Después los envió a anunciar el Reino de Dios.

Con frecuencia pensamos que la misión pertenece únicamente a los sacerdotes, religiosos o misioneros que trabajan en países lejanos.

Sin embargo, el bautismo convierte a cada cristiano en un enviado de Cristo.

Todos tenemos una misión.

Un padre de familia evangeliza educando a sus hijos en la fe.

Un profesor evangeliza transmitiendo valores cristianos.

Un joven evangeliza mediante su testimonio.

Un enfermo puede evangelizar ofreciendo sus sufrimientos con amor.

Todos somos discípulos misioneros.

El Papa Francisco afirma:

«Cada cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús.»

El Evangelio no es un tesoro para guardar egoístamente.

Es un don para compartir.

La pregunta que hoy debemos hacernos es:

¿Estoy anunciando a Cristo con mi vida?

Porque muchas personas nunca leerán el Evangelio, pero sí leerán nuestra vida.

Segunda clave: La confianza en Dios es la fuerza del discípulo

Jesús da una instrucción sorprendente a los Apóstoles:

«No llevéis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero.»

No se trata de una norma práctica para todos los tiempos, sino de una enseñanza espiritual.

Jesús quiere que sus discípulos aprendan a confiar plenamente en Dios.

La tentación humana consiste en apoyarnos únicamente en nuestras seguridades:

  • el dinero,
  • el prestigio,
  • los contactos,
  • las capacidades personales.

Pero la verdadera fuerza del discípulo no está en lo que posee, sino en Dios.

San Pío de Pietrelcina repetía frecuentemente:

«Reza, espera y no te preocupes.»

Estas palabras resumen una profunda espiritualidad de confianza.

Muchas veces vivimos angustiados por el futuro.

Queremos controlar todo.

Sin embargo, Jesús nos invita a abandonarnos en las manos del Padre.

Esto no significa irresponsabilidad.

Significa reconocer que Dios conduce nuestra historia y que nunca abandona a quienes confían en Él.

Los santos fueron grandes porque aprendieron a confiar más en Dios que en sí mismos.

Tercera clave: La misión más importante es sanar corazones

Jesús envía a los Apóstoles para anunciar el Reino y curar a los enfermos.

El Evangelio une constantemente estas dos dimensiones.

Cristo no se preocupa solamente por las necesidades materiales.

Tampoco se ocupa únicamente de las espirituales.

Quiere sanar al hombre entero.

Hoy existen muchas heridas que necesitan ser curadas:

  • la soledad,
  • el miedo,
  • la desesperanza,
  • las divisiones familiares,
  • la pérdida de sentido de la vida,
  • el alejamiento de Dios.

El mundo necesita personas que lleven esperanza.

El Padre Pío dedicó horas interminables al confesionario porque sabía que muchas almas necesitaban experimentar la misericordia de Dios.

Comprendió que el mayor milagro no es la curación del cuerpo, sino la conversión del corazón.

San Juan Pablo II decía sobre él:

«Fue un generoso dispensador de la misericordia divina.»

También nosotros estamos llamados a ser instrumentos de sanación.

Una palabra de ánimo.

Una escucha sincera.

Un gesto de caridad.

Una oración por quien sufre.

Todo ello puede convertirse en una medicina para el alma.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos recuerda que todos somos enviados por Cristo.

Estamos llamados:

  • a anunciar el Reino de Dios,
  • a confiar plenamente en el Señor,
  • y a llevar esperanza y sanación a quienes encontramos en nuestro camino.

Que el ejemplo de San Pío de Pietrelcina nos ayude a vivir una profunda vida de oración, a amar la Eucaristía, a valorar el sacramento de la reconciliación y a convertirnos en auténticos misioneros del Evangelio.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón disponible para su misión y una fe firme que se apoye únicamente en Él.

San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM