Lc 13, 18-21 “El grano creció y se hizo un árbol.”

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: PAZ Y BIEN

El Evangelio de hoy nos presenta dos pequeñas parábolas llenas de esperanza: la del grano de mostaza y la de la levadura. Jesús utiliza imágenes sencillas de la vida cotidiana para enseñarnos cómo actúa el Reino de Dios. El grano de mostaza es muy pequeño, casi insignificante, pero llega a convertirse en un gran árbol. La levadura es pequeña y silenciosa, pero transforma toda la masa desde dentro. Así actúa Dios en nuestra vida y en el mundo.

Muchas veces queremos ver resultados inmediatos y grandes signos visibles, pero Jesús nos recuerda que Dios suele comenzar su obra en lo pequeño, en lo humilde y en lo sencillo. Un pequeño acto de amor, una oración hecha con fe, una palabra de ánimo, un gesto de perdón o una ayuda silenciosa pueden producir frutos enormes en el corazón de las personas. El Reino de Dios no crece con ruido ni con apariencia exterior, sino con paciencia, humildad y perseverancia.

El Evangelio nos invita también a no despreciar las pequeñas cosas. A veces pensamos que nuestras acciones no cambian nada, pero Dios puede hacer grandes obras a través de lo sencillo. Como decía Santa Teresa de Calcuta:

“No podemos hacer cosas grandes, pero sí cosas pequeñas con gran amor.”

Cada obra buena hecha con amor tiene un valor inmenso delante de Dios.

La parábola de la levadura nos enseña además que el amor de Cristo transforma desde dentro. La fe cristiana no es solamente algo exterior o una costumbre religiosa; debe renovar nuestro corazón y nuestra manera de vivir. Cuando Cristo entra verdaderamente en nuestra vida, transforma nuestras relaciones, nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestra forma de tratar a los demás. El cristiano está llamado a ser “levadura” en el mundo:

  • sembrando paz,
  • construyendo unidad,
  • llevando esperanza,
  • viviendo con humildad,
  • y siendo testigo del amor de Dios.

La primera lectura nos recuerda que Cristo es la Cabeza de la Iglesia y que estamos llamados a vivir en el amor, como hijos queridos de Dios. La vida espiritual también necesita crecer poco a poco. Nadie se hace santo de un día para otro. Con la oración, los sacramentos, la fidelidad diaria y la confianza en Dios, el Señor hace crecer nuestra fe y fortalece nuestra vida interior.

Queridos hermanos, hoy Jesús nos invita a confiar en la fuerza silenciosa de su Reino. Aunque no veamos inmediatamente los frutos, Dios sigue actuando. Él nunca deja de trabajar en el corazón de quienes permanecen unidos a Él.

Pidamos al Señor un corazón humilde, perseverante y lleno de fe, capaz de sembrar cada día pequeñas semillas de amor y esperanza. Que nuestra vida sea levadura buena que transforme el mundo desde dentro.

Amén.

Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM