
Mt 20, 1-16 «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»
Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.
El Evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más sorprendentes de Jesús: la parábola de los trabajadores de la viña. Un propietario sale varias veces durante el día para contratar obreros. Algunos trabajan desde primera hora de la mañana; otros llegan al mediodía; otros, incluso, cuando apenas queda una hora para terminar la jornada. Sin embargo, al final del día todos reciben el mismo salario.
Humanamente, esta situación nos parece injusta. Nosotros pensamos inmediatamente que quienes trabajaron más deberían recibir más. Los primeros obreros también reaccionan así. Murmuran contra el dueño porque consideran que no han sido tratados de manera especial.
Pero Jesús no está hablando de economía ni de relaciones laborales. Está hablando del Reino de Dios y de la misericordia divina.
A través de esta parábola, el Señor quiere enseñarnos tres verdades fundamentales.
Primera clave: Dios actúa según la lógica de la gracia, no de los méritos
La primera reacción que provoca esta parábola es de sorpresa.
¿Por qué reciben lo mismo quienes trabajaron una hora que quienes soportaron el peso de toda la jornada?
Porque el dueño no actúa según una lógica comercial, sino según una lógica de generosidad.
Dios no ama más a unos que a otros.
Dios no concede su salvación como un salario ganado por méritos humanos.
La salvación es un regalo.
La gracia es un don.
El amor de Dios no se compra ni se merece.
San Pablo afirma:
«Por gracia habéis sido salvados» (Ef 2,8).
A veces podemos caer en la tentación de pensar que Dios nos debe algo porque llevamos muchos años rezando, trabajando en la Iglesia o siendo fieles a nuestra vocación.
Sin embargo, todo lo que somos y tenemos es un regalo recibido.
Nadie puede exigir el amor de Dios como si fuera un derecho adquirido.
La parábola nos recuerda que la salvación es siempre fruto de la misericordia divina.
Segunda clave: La envidia nos impide alegrarnos del bien de los demás
Los primeros trabajadores no están realmente preocupados por su salario.
Ellos habían recibido exactamente lo prometido.
Su problema es otro: les molesta la generosidad del dueño con los demás.
Aquí encontramos una enseñanza muy actual.
Muchas veces sufrimos no por lo que nos falta, sino por lo que otros tienen.
La envidia es una enfermedad espiritual que roba la paz del corazón.
Nos impide agradecer los dones recibidos.
Nos hace compararnos continuamente con los demás.
Nos lleva a pensar que Dios debería repartir sus bendiciones según nuestros criterios.
Por eso el dueño pregunta:
«¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»
Cuántas veces esta pregunta también se dirige a nosotros.
Nos cuesta alegrarnos sinceramente cuando otros reciben éxitos, reconocimientos o bendiciones.
Sin embargo, el Evangelio nos invita a abandonar la comparación y a vivir en la gratitud.
San Francisco de Asís enseñaba:
«Bienaventurado el siervo que no se considera mejor cuando es alabado que cuando es despreciado.»
La verdadera humildad consiste en alegrarse por el bien de los demás como si fuera propio.
Tercera clave: Dios sigue llamando hasta el último momento
Hay un detalle precioso en esta parábola.
El dueño sale una y otra vez a buscar trabajadores.
Sale al amanecer.
Sale a media mañana.
Sale al mediodía.
Sale por la tarde.
Y hasta una hora antes del final de la jornada sigue buscando.
Esto nos revela el corazón de Dios.
Dios nunca deja de llamar.
Nunca se cansa de buscar.
Nunca da a nadie por perdido.
Hay personas que encuentran a Dios desde niños.
Otras lo descubren en la juventud.
Algunas regresan a la fe en la edad adulta.
Y otras se convierten en los últimos años de su vida.
Pero para Dios nunca es tarde.
Mientras hay vida, hay esperanza.
Mientras hay vida, existe la posibilidad de volver al Señor.
San Agustín se convirtió después de muchos años de búsqueda y alejamiento.
El buen ladrón encontró la salvación en los últimos momentos de su vida.
Y tantos santos experimentaron la paciencia infinita de Dios.
Por eso nunca debemos perder la esperanza por nadie.
Ni siquiera por nosotros mismos.
Dios sigue saliendo cada día a buscarnos.
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a contemplar la inmensa bondad de Dios.
Él no actúa según nuestros cálculos humanos.
Su lógica es la lógica de la gracia.
Su medida es la misericordia.
Su deseo es que todos entren en la viña de su Reino.
Pidamos al Señor la gracia de vivir agradecidos por los dones recibidos, de alegrarnos por el bien de nuestros hermanos y de confiar siempre en la infinita misericordia de Dios.
Que María Santísima nos ayude a comprender que todo es gracia y que el mayor tesoro no es lo que recibimos, sino el amor con que Dios nos ama.
Amén.
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM