“Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren” (Lc 14, 23)

Hoy la Palabra de Dios nos presenta una imagen muy hermosa: el gran banquete preparado por Dios. En el Evangelio, Jesús cuenta la parábola de un hombre que organiza una gran cena e invita a muchos. Sin embargo, los invitados comienzan a poner excusas y rechazan la invitación.

Entonces el señor de la casa dice a su servidor:
“Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa.”

Este Evangelio nos habla del amor inmenso de Dios, que quiere salvar a todos y abrir las puertas de su Reino a cada persona.

Primera clave: Dios nos invita constantemente a su banquete.

El banquete representa el Reino de Dios, la amistad con Él, la vida eterna y también la Eucaristía.

Dios sigue invitando hoy a cada uno de nosotros:

  • a vivir en su amor,
  • a participar de la Iglesia,
  • a escuchar su Palabra,
  • y a caminar hacia la santidad.

Pero muchas veces, como los invitados del Evangelio, ponemos excusas:

  • “No tengo tiempo.”
  • “Estoy ocupado.”
  • “Más adelante cambiaré mi vida.”

Vivimos en una sociedad llena de prisas y distracciones, donde fácilmente olvidamos a Dios.

San Agustín decía:

“Temo al Señor que pasa y no vuelve.”

Cada día es una nueva invitación de Dios para acercarnos a Él.

Segunda clave: Cristo nos enseñó el camino de la humildad y del servicio.

La primera lectura de la carta a los Filipenses nos presenta uno de los himnos más profundos sobre Cristo:

“Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo.”

Jesús, siendo Dios, se hizo servidor. No vino buscando honores ni poder humano, sino amar y entregar su vida.

Hoy celebramos también la memoria de San Martín de Porres, un santo que vivió precisamente esta humildad evangélica. Sirvió a los pobres, cuidó enfermos y vivió con un corazón sencillo y lleno de caridad.

La verdadera grandeza cristiana no está en dominar, sino en servir.

San Gregorio Magno afirmaba:

“Cuanto más crece el amor, más crece la humildad.”

El mundo busca muchas veces aparentar, sobresalir y ser reconocido. Pero Jesús nos enseña el camino contrario: el de la sencillez, la misericordia y el servicio silencioso.

Tercera clave: La Iglesia debe abrir las puertas a todos.

El señor del Evangelio manda salir a los caminos para invitar a todos. Esto nos recuerda que nadie queda excluido del amor de Dios.

La Iglesia es llamada a ser una casa abierta:

  • para los pobres,
  • los alejados,
  • los que sufren,
  • los pecadores,
  • los que buscan esperanza.

Cristo quiere llenar su casa de hijos amados.

También nosotros estamos llamados a ser misioneros que acerquen a otros a Dios con el testimonio de nuestra vida.

Muchas personas hoy viven vacías interiormente, con heridas, tristeza y soledad. Y quizá esperan encontrar en nosotros una palabra de fe, una escucha sincera o un gesto de misericordia.

San Juan Crisóstomo decía:

“Nada hay más frío que un cristiano que no se preocupa por la salvación de los demás.”

Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita nuevamente a participar de su banquete y a no rechazar su gracia.

Pidamos la humildad de Cristo, el corazón caritativo de San Martín de Porres y la alegría de vivir abiertos al amor de Dios.

Que nuestra vida sea una invitación viva para que muchos descubran la belleza del Evangelio.

Amén.

Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM