
Lc 6, 39-42 «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?»
Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.
El Evangelio de hoy forma parte del gran discurso de Jesús sobre la vida del discípulo. Después de hablar del amor a los enemigos y de la misericordia, el Señor nos invita ahora a mirar nuestro interior. Utiliza imágenes muy sencillas, pero profundamente impactantes: un ciego que guía a otro ciego, el discípulo que quiere ser como su maestro, la mota en el ojo ajeno y la viga en el propio.
Jesús quiere enseñarnos una verdad fundamental: antes de corregir a los demás debemos dejarnos transformar por Dios. Antes de convertirnos en guías de otros, debemos caminar nosotros mismos por el camino del Evangelio.
En una sociedad donde abundan las críticas, los juicios rápidos y las apariencias, estas palabras de Cristo son más actuales que nunca.
Reflexionemos sobre tres enseñanzas que nos ofrece el Evangelio.
Primera clave: Necesitamos dejarnos guiar por Cristo
Jesús pregunta:
«¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?»
La respuesta es evidente.
Nadie puede conducir a otros si primero no sabe hacia dónde va.
Esta imagen nos recuerda que todos necesitamos un guía seguro para nuestra vida. Ese guía es Jesucristo.
Vivimos en un mundo donde muchas personas buscan orientación en ideologías pasajeras, modas culturales o criterios puramente humanos.
Sin embargo, solamente Cristo conoce plenamente el corazón humano y el camino que conduce a la verdadera felicidad.
San Juan Pablo II decía:
«Cristo revela plenamente el hombre al propio hombre.»
Cuando nos alejamos de Cristo, corremos el riesgo de caminar a oscuras.
Por eso la oración, la lectura del Evangelio, los sacramentos y la vida de la Iglesia son tan importantes. Nos ayudan a mantener la mirada fija en Jesús.
También quienes tienen responsabilidades pastorales, educativas o familiares deben recordar esta verdad.
Un sacerdote, un catequista, un profesor, unos padres de familia o un superior religioso no pueden conducir a otros si antes no se dejan conducir por Cristo.
La primera pregunta que debemos hacernos hoy es:
¿Quién guía realmente mi vida?
Segunda clave: El discípulo debe parecerse a su Maestro
Jesús continúa diciendo:
«Ningún discípulo está por encima de su maestro; cuando esté bien formado será como su maestro.»
La vocación cristiana consiste precisamente en configurarnos con Cristo.
No basta admirar a Jesús.
No basta conocer su enseñanza.
Estamos llamados a parecernos a Él.
San Pablo expresaba este deseo cuando decía:
«Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).
Toda la vida cristiana es un camino de transformación.
Poco a poco, el Señor quiere que aprendamos a pensar como Él, amar como Él, perdonar como Él y servir como Él.
Los santos son precisamente personas que permitieron que Cristo moldeara completamente su vida.
Por eso la santidad no es un privilegio reservado a unos pocos; es la vocación de todos los bautizados.
Cada día debemos preguntarnos:
- ¿Me parezco más a Cristo que hace un año?
- ¿Estoy creciendo en paciencia, humildad y caridad?
- ¿Dejo que el Evangelio transforme mi vida?
La meta del discípulo es parecerse cada vez más a su Maestro.
Tercera clave: La conversión comienza por uno mismo
Finalmente, Jesús utiliza una imagen que seguramente provocó la sonrisa de quienes lo escuchaban:
«¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Déjame sacarte la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo?»
Aquí Jesús denuncia una tentación muy frecuente: ver con facilidad los defectos ajenos e ignorar los propios.
Es mucho más sencillo señalar los errores de los demás que reconocer nuestras propias limitaciones.
Con frecuencia criticamos:
- la falta de paciencia de otros,
- sus errores,
- sus defectos,
- sus fallos.
Pero olvidamos examinar nuestro propio corazón.
Por eso Jesús nos invita a comenzar siempre por la conversión personal.
San Agustín enseñaba:
«Quien se conoce a sí mismo se humilla; quien se humilla será exaltado por Dios.»
La humildad es el camino de la verdadera sabiduría.
Cuando reconocemos nuestras propias debilidades, dejamos de sentirnos superiores a los demás y aprendemos a mirarlos con misericordia.
La corrección fraterna solo es auténtica cuando nace de un corazón humilde.
No corregimos desde la superioridad, sino desde el amor.
No juzgamos para condenar, sino para ayudar.
El cristiano debe recordar siempre que también él necesita constantemente la gracia y la misericordia de Dios.
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a dejarnos guiar por Cristo, a configurarnos con Él y a comenzar la conversión por nuestro propio corazón.
Antes de pretender cambiar el mundo, debemos permitir que Dios nos transforme a nosotros.
Antes de señalar las faltas ajenas, debemos revisar nuestra propia vida.
Y antes de guiar a otros, debemos seguir fielmente al único Maestro que nunca se equivoca: Jesucristo.
Pidamos al Señor la gracia de caminar siempre en su luz, de crecer en humildad y de convertirnos en auténticos discípulos que reflejen el rostro de Cristo en medio del mundo.
Que la Virgen María, discípula perfecta del Señor, nos acompañe en este camino de conversión y santidad.
Amén.
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM