Lc 6, 27-38 «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

El Evangelio de hoy contiene una de las enseñanzas más exigentes y revolucionarias de Jesús. El Señor nos dice:

«Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen y rezad por los que os injurian.»

Estas palabras no son fáciles de escuchar ni de vivir. Humanamente nos resulta natural amar a quienes nos aman, ayudar a quienes nos ayudan y ser amables con quienes nos tratan bien. Sin embargo, Jesús nos pide algo mucho más grande: amar como ama Dios.

La medida del amor cristiano no es el comportamiento de los demás, sino el amor misericordioso del Padre celestial.

Por eso, el Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre tres claves fundamentales para nuestra vida cristiana.

Primera clave: Amar como Dios ama

Jesús rompe la lógica humana basada en la venganza y en el interés personal.

El mundo suele decir:

  • Si te aman, ama.
  • Si te ayudan, ayuda.
  • Si te hacen daño, devuelve el daño.

Pero Jesús propone otro camino:

«Amad a vuestros enemigos.»

Esta enseñanza fue tan revolucionaria hace dos mil años como lo sigue siendo hoy.

Dios ama incluso a quienes se alejan de Él.

Dios sigue ofreciendo su gracia incluso a quienes lo rechazan.

Dios hace salir el sol sobre buenos y malos.

Por eso, Jesús nos invita a parecernos a nuestro Padre celestial.

San Agustín decía:

«La medida del amor es amar sin medida.»

El amor cristiano no depende de los méritos de los demás. Nace de un corazón transformado por la gracia de Dios.

Esto no significa aprobar el mal ni justificar la injusticia. Significa negarnos a responder al odio con más odio.

Solo el amor tiene la capacidad de romper el círculo de la violencia y del resentimiento.

Segunda clave: El perdón libera el corazón

Jesús continúa diciendo:

«No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados.»

Vivimos en una cultura donde resulta muy fácil criticar, señalar errores y juzgar a los demás.

Las redes sociales, los medios de comunicación e incluso nuestras conversaciones cotidianas están llenas de juicios rápidos y condenas.

Sin embargo, Jesús nos invita a mirar primero nuestro propio corazón.

Todos necesitamos la misericordia de Dios.

Todos somos pecadores necesitados de perdón.

Por eso, quien ha experimentado el perdón de Dios aprende también a perdonar a los demás.

San Juan Pablo II afirmaba:

«No hay paz sin justicia, pero tampoco hay justicia sin perdón.»

El perdón no significa olvidar automáticamente una herida ni negar el sufrimiento que hemos vivido.

Perdonar significa renunciar al deseo de venganza y entregar nuestra herida a Dios.

Muchas veces la persona que más necesita nuestro perdón vive muy cerca de nosotros:

  • un familiar,
  • un amigo,
  • un compañero,
  • un vecino,
  • o incluso nosotros mismos.

Cuando no perdonamos, el resentimiento termina esclavizando nuestro corazón.

En cambio, cuando perdonamos, experimentamos una verdadera libertad interior.

Tercera clave: La misericordia es el rostro de Dios

El centro del Evangelio de hoy se encuentra en estas palabras:

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.»

Jesús no dice simplemente: «Sed buenos» o «Sed amables».

Nos invita a reflejar la misericordia misma de Dios.

La misericordia es el corazón del Evangelio.

Toda la vida de Jesús es una manifestación de la misericordia divina:

  • perdona a los pecadores,
  • toca a los leprosos,
  • acoge a los marginados,
  • consuela a los afligidos,
  • y entrega su vida por nosotros en la cruz.

El Papa Francisco ha repetido muchas veces:

«El nombre de Dios es misericordia.»

Cada cristiano está llamado a ser un reflejo de esa misericordia.

La misericordia se hace concreta cuando:

  • escuchamos a quien necesita ser escuchado,
  • ayudamos a quien sufre,
  • acompañamos a los enfermos,
  • consolamos a los tristes,
  • corregimos con amor,
  • y ofrecemos una nueva oportunidad a quien se ha equivocado.

San Francisco de Asís comprendió profundamente esta enseñanza. Su vida fue una escuela de misericordia, de reconciliación y de paz.

Por eso sigue siendo un modelo para todos los cristianos.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a vivir una de las dimensiones más hermosas y exigentes de nuestra fe: amar como Dios ama.

Cristo nos llama a:

  • amar incluso a quienes nos resultan difíciles,
  • perdonar de corazón,
  • evitar los juicios precipitados,
  • y practicar la misericordia en nuestra vida cotidiana.

No es una tarea fácil. Humanamente parece imposible.

Pero lo que es imposible para nosotros se vuelve posible con la gracia de Dios.

Pidamos hoy al Señor un corazón semejante al suyo, capaz de amar, perdonar y servir sin esperar recompensa.

Que María Santísima, Madre de Misericordia, nos ayude a reflejar en nuestra vida el amor infinito del Padre.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM