
Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.
Las lecturas de este domingo nos hablan de una de las responsabilidades más hermosas y también más difíciles de la vida cristiana: cuidar de nuestros hermanos. Vivimos en una sociedad que insiste mucho en los derechos individuales, en la autonomía personal y en la libertad entendida como independencia. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que nadie se salva solo. Somos una familia, el Pueblo de Dios, y todos tenemos una responsabilidad mutua.
La primera lectura presenta al profeta Ezequiel como centinela del pueblo. Dios le dice que debe advertir al pecador cuando se aparta del camino correcto. Si no lo hace, será responsable de su silencio. No porque Dios quiera castigar, sino porque nos enseña que el amor verdadero no es indiferente. Quien ama de verdad no permanece callado cuando ve que su hermano se pierde.
El Evangelio continúa esta misma enseñanza. Jesús nos muestra el camino de la corrección fraterna, del diálogo, del perdón y de la reconciliación. No se trata de juzgar ni de condenar, sino de ayudar a salvar al hermano.
A la luz de la Palabra de Dios, reflexionemos sobre tres claves para nuestra vida cristiana.
Primera clave: La corrección fraterna es una obra de misericordia
Cuando escuchamos la expresión «corrección fraterna», muchas veces sentimos cierto rechazo. Pensamos inmediatamente en críticas, reproches o conflictos. Sin embargo, Jesús no está hablando de eso.
La corrección fraterna nace del amor.
Cristo dice:
«Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos.»
Observemos que Jesús no dice que lo humillemos delante de todos, que lo juzguemos públicamente o que difundamos sus errores. Al contrario, nos invita a acercarnos a él con discreción, respeto y caridad.
La finalidad no es demostrar que tenemos razón, sino recuperar al hermano.
San Agustín decía:
«Corrige con amor y ama al corregir.»
Esta enseñanza es especialmente importante hoy. Vivimos en una cultura donde muchas veces resulta más fácil criticar que ayudar, condenar que comprender o hablar de los demás que hablar con los demás.
La corrección fraterna auténtica exige humildad, paciencia y misericordia.
En nuestras familias, comunidades religiosas, parroquias y lugares de trabajo, estamos llamados a ayudarnos mutuamente a crecer en el bien.
No corregimos porque somos mejores, sino porque también nosotros necesitamos ser corregidos por Dios cada día.
Segunda clave: La plenitud de la ley es el amor
La segunda lectura contiene una de las frases más bellas de San Pablo:
«La plenitud de la ley es el amor.»
Con estas palabras el Apóstol resume toda la vida cristiana.
A veces pensamos que la santidad consiste en cumplir muchas normas o realizar grandes sacrificios. Sin embargo, Jesús nos enseña que el criterio fundamental será siempre el amor.
Toda corrección fraterna, toda acción pastoral y toda vida cristiana deben estar iluminadas por el amor.
Cuando falta el amor, incluso las mejores acciones pueden convertirse en orgullo o imposición.
San Juan de la Cruz escribió una frase que sigue siendo profundamente actual:
«Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor.»
No seremos examinados por el prestigio alcanzado, ni por nuestros éxitos humanos, ni por los bienes acumulados.
Seremos examinados por el amor.
Por eso debemos preguntarnos:
- ¿Cómo trato a mi familia?
- ¿Cómo trato a quienes piensan diferente?
- ¿Sé perdonar?
- ¿Sé pedir perdón?
La verdadera madurez cristiana se manifiesta en la capacidad de amar como Cristo amó.
Tercera clave: Cristo está presente donde hay comunión
El Evangelio termina con una promesa extraordinaria:
«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
Estas palabras nos recuerdan que la Iglesia no es simplemente una institución humana. Es la comunidad donde Cristo continúa presente y actuante.
Cada vez que una familia reza unida, Cristo está presente.
Cada vez que una comunidad se reúne para celebrar la Eucaristía, Cristo está presente.
Cada vez que dos personas se reconcilian y se perdonan, Cristo está presente.
Por eso el demonio intenta constantemente sembrar divisiones, resentimientos y enfrentamientos.
Sabe que donde existe la unidad florece la presencia de Dios.
Como enseñaba San Francisco de Asís:
«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.»
La Iglesia y nuestras familias necesitan hombres y mujeres que construyan puentes y no muros, que promuevan el diálogo y no el enfrentamiento, que sean sembradores de reconciliación y esperanza.
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, este domingo el Señor nos recuerda que somos responsables unos de otros. Nos llama a practicar la corrección fraterna con amor, a vivir la caridad como cumplimiento de toda la ley y a construir comunidades donde reine la unidad.
Que nadie se sienta solo en su camino de fe.
Que nuestras familias sean lugares de reconciliación.
Que nuestras comunidades sean espacios donde Cristo pueda hacerse presente a través del amor mutuo.
Pidamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que nos enseñe a amar, a perdonar y a caminar juntos hacia la santidad.
Amén.
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM