«Les arrebatarán al esposo; entonces ayunarán»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

El Evangelio de hoy nos presenta una pregunta que algunos hacen a Jesús: ¿por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y los discípulos de Jesús no lo hacen? La respuesta del Señor es sorprendente. Él se compara con el esposo de una boda y afirma que mientras el esposo está presente, los invitados no pueden estar tristes ni ayunar. Sin embargo, llegará el momento en que el esposo les será arrebatado y entonces ayunarán.

Con esta imagen, Jesús nos revela una verdad profunda: la fe cristiana no es simplemente el cumplimiento de unas normas religiosas, sino el encuentro vivo con una Persona, con Cristo, el Esposo de la Iglesia. A partir de este Evangelio podemos reflexionar sobre tres enseñanzas fundamentales.

Primera clave: El cristianismo es ante todo un encuentro con Cristo

Los fariseos estaban preocupados por las prácticas externas. Jesús, en cambio, dirige la mirada hacia lo esencial.

La fe cristiana no consiste únicamente en cumplir normas, rezar determinadas oraciones o participar en celebraciones religiosas. Todo eso es importante, pero el centro de nuestra fe es Jesucristo.

Ser cristiano significa conocer a Cristo, amarlo y seguirlo.

Muchas personas pueden conocer cosas acerca de Jesús, pero no haber tenido todavía un verdadero encuentro con Él.

San Benito decía:

«No anteponer absolutamente nada al amor de Cristo.»

Esta es la clave de toda vida cristiana. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, las prácticas religiosas adquieren sentido. Sin Él, corremos el riesgo de reducir la fe a una simple costumbre o tradición.

También nosotros debemos preguntarnos hoy:

  • ¿Es Cristo realmente el centro de mi vida?
  • ¿Busco cada día encontrarme con Él en la oración?
  • ¿Vivo mi fe como una relación personal con Jesús?

La vida cristiana comienza cuando descubrimos que Jesús no es una idea, sino una presencia viva que camina con nosotros.

Segunda clave: El ayuno verdadero nace del amor

Jesús no rechaza el ayuno. De hecho, la Iglesia siempre ha valorado esta práctica espiritual. Lo que Jesús corrige es una visión superficial de la religión.

El ayuno tiene sentido cuando nace del amor a Dios y del deseo de conversión.

No sirve de nada privarse de alimentos si el corazón permanece lleno de orgullo, resentimiento o indiferencia hacia los demás.

Ya el profeta Isaías enseñaba que el ayuno agradable a Dios consiste en compartir el pan con el hambriento, ayudar al necesitado y practicar la justicia.

El Papa Benedicto XVI afirmaba:

«El ayuno tiene valor cuando ayuda a abrir el corazón a Dios y a los hermanos.»

Por eso, el verdadero ayuno no es únicamente dejar de comer algo. También podemos ayunar de palabras hirientes, de críticas destructivas, de egoísmo, de impaciencia o de indiferencia.

¡Cuánto bien haríamos si ayunáramos un poco más de nuestras malas actitudes!

El Señor nos invita a vivir una religión que transforme el corazón y no solamente las apariencias externas.

Tercera clave: Cristo quiere hacer nuevas todas las cosas

Al final del Evangelio, Jesús utiliza dos imágenes muy significativas: el remiendo nuevo en un vestido viejo y el vino nuevo en odres nuevos.

Con estas palabras quiere enseñar que la llegada del Reino de Dios trae una novedad profunda.

Cristo no vino simplemente a mejorar algunas costumbres. Vino a renovar completamente el corazón humano.

Muchas veces queremos seguir a Jesús sin cambiar realmente nuestra vida. Queremos conservar nuestras antiguas seguridades, nuestros pecados habituales o nuestras comodidades espirituales.

Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que el encuentro con Cristo siempre exige una renovación interior.

San Pablo dirá más tarde:

«El que está en Cristo es una nueva criatura» (2 Cor 5,17).

La conversión cristiana no consiste solamente en hacer algunas cosas mejores; consiste en permitir que Dios transforme nuestra manera de pensar, de amar y de vivir.

San Francisco de Asís experimentó precisamente esta transformación. Después de encontrarse con Cristo, ya no pudo vivir como antes. Toda su vida quedó renovada por la gracia de Dios.

También nosotros estamos llamados a ser «odres nuevos», corazones abiertos a la acción del Espíritu Santo.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos recuerda que la fe cristiana es un encuentro con Cristo, que las prácticas religiosas tienen valor cuando nacen del amor y que el Señor desea renovar profundamente nuestra vida.

Pidamos la gracia de no conformarnos con una fe superficial o rutinaria. Que nuestro corazón permanezca siempre abierto a la novedad del Evangelio.

Que María Santísima nos enseñe a acoger a Cristo con un corazón disponible y renovado para que el vino nuevo de la gracia produzca abundantes frutos en nuestra vida.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM