«Sé quién eres: el Santo de Dios»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. La gente queda impresionada porque no enseña como los maestros de la Ley. Sus palabras tienen una fuerza especial, una autoridad que nace de su propia identidad. Jesús no transmite simplemente unas ideas; Él es la Verdad hecha carne. Por eso su palabra toca los corazones, ilumina las conciencias y libera del mal.

En medio de aquella asamblea aparece un hombre poseído por un espíritu impuro que grita: «Sé quién eres: el Santo de Dios». Resulta sorprendente que quienes deberían haber reconocido al Mesías no lo reconocen plenamente, mientras que los demonios sí saben quién es. Este detalle nos invita a preguntarnos: ¿Quién es realmente Jesús para nosotros? ¿Una costumbre religiosa? ¿Una figura histórica? ¿O verdaderamente el Señor de nuestra vida?

  1. Jesús tiene autoridad porque es el Hijo de Dios

El Evangelio comienza diciendo que todos estaban admirados porque Jesús hablaba con autoridad.

Hoy vivimos en una sociedad donde abundan las opiniones, pero escasean las certezas. Cada uno pretende construir su propia verdad. Sin embargo, Jesucristo no es una opinión más entre muchas. Él es la Verdad que da sentido a la existencia humana.

San Agustín afirmaba: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».

El corazón humano busca la verdad, busca el bien, busca la felicidad. Y todas esas búsquedas encuentran su respuesta definitiva en Cristo.

Cuando escuchamos el Evangelio no estamos escuchando simplemente un texto antiguo; estamos escuchando la voz viva de Dios que sigue hablando hoy a su pueblo.

  1. Jesús tiene poder para liberarnos del mal

El hombre poseído representa todas las esclavitudes que pueden dominar al ser humano.

Quizá nosotros no sufrimos una posesión como la que describe el Evangelio, pero existen muchas otras esclavitudes: el orgullo, la envidia, el resentimiento, la falta de perdón, el egoísmo, la superficialidad o la indiferencia religiosa.

Muchas personas viven aparentemente libres, pero interiormente están encadenadas.

Cristo viene precisamente para liberarnos.

San Juan Pablo II repetía con frecuencia: «No tengáis miedo. Abrid de par en par las puertas a Cristo».

Cuando permitimos que Cristo entre en nuestra vida, Él rompe las cadenas que nos impiden amar y vivir plenamente.

Por eso la Iglesia continúa anunciando el Evangelio y ofreciendo los sacramentos: porque Cristo sigue liberando y sanando corazones.

III. Reconocer a Cristo exige seguirlo

Los demonios reconocen quién es Jesús, pero no lo aman.

La fe cristiana no consiste solamente en saber cosas sobre Dios. Consiste en seguir a Cristo y dejar que transforme nuestra vida.

San Francisco de Asís comprendió esta verdad cuando escuchó la voz del Señor y decidió dejarlo todo para seguirlo.

También nosotros estamos llamados cada día a preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Cristo en mi vida?

¿Es realmente el centro de mis decisiones? ¿Escucho su palabra? ¿Busco su voluntad?

Solo cuando Cristo ocupa el primer lugar experimentamos la verdadera paz.

Conclusión

Queridos hermanos, el Evangelio de hoy nos invita a contemplar a Jesús como el Santo de Dios, el Señor que habla con autoridad, que libera del mal y que nos llama a seguirle.

Pidamos la gracia de reconocerlo cada día más profundamente y de abrir nuestro corazón a su presencia transformadora.

Que María Santísima nos ayude a escuchar la voz de su Hijo y a vivir siempre según el Evangelio.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM