«El Hijo del hombre es Señor del sábado»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

Hoy la Iglesia recuerda con gratitud a Santa Teresa de Calcuta, una de las grandes santas de nuestro tiempo. Su vida fue un reflejo luminoso del amor de Cristo hacia los más pobres, abandonados y olvidados. Ella veía en cada persona necesitada el rostro mismo de Jesús y dedicó toda su existencia a servirlo con amor.

Providencialmente, el Evangelio de hoy nos ayuda a comprender una de las enseñanzas más importantes de la vida cristiana. Los fariseos critican a los discípulos porque arrancan espigas en sábado. Jesús responde recordando que Dios no quiere una religión basada únicamente en normas externas, sino una fe que brote del amor y de la misericordia.

A la luz de la Palabra de Dios y del ejemplo de Santa Teresa de Calcuta, reflexionemos sobre tres enseñanzas fundamentales.

Primera clave: La persona humana está por encima de las normas

Los fariseos observaban cuidadosamente las leyes religiosas, pero muchas veces olvidaban el sentido profundo de esas mismas leyes.

Por eso Jesús les recuerda el episodio de David que comió los panes de la ofrenda cuando tenía hambre. Con ello enseña que las normas existen para ayudar al hombre a encontrarse con Dios y nunca para oprimirlo.

Dios no creó el sábado para esclavizar al ser humano, sino para darle descanso, dignidad y encuentro con Él.

También hoy podemos caer en una actitud semejante a la de los fariseos cuando damos más importancia a las apariencias que a las personas.

Podemos conocer muchas normas religiosas y, sin embargo, olvidar la compasión, la misericordia y el amor.

San Agustín decía:

«Ama y haz lo que quieras.»

No significa hacer cualquier cosa, sino comprender que quien ama verdaderamente a Dios buscará siempre hacer el bien.

Santa Teresa de Calcuta entendió perfectamente esta enseñanza. Ella no veía simplemente pobres, enfermos o moribundos; veía hijos de Dios con una dignidad infinita.

Por eso afirmaba:

«La persona más pobre es Cristo bajo una apariencia dolorosa.»

El Evangelio nos invita a descubrir el valor sagrado de cada persona humana.

Segunda clave: Cristo nos llama a una misericordia concreta

Cuando contemplamos la vida de Santa Teresa de Calcuta descubrimos que su santidad no consistió en realizar milagros espectaculares, sino en amar de manera concreta.

Ella recogía a los enfermos de las calles, cuidaba a los moribundos, abrazaba a los leprosos y consolaba a quienes nadie quería.

Su vida fue una respuesta práctica al Evangelio.

Muchas veces pensamos que amar significa sentir emociones intensas. Sin embargo, el amor cristiano es mucho más profundo.

Amar significa servir.

Amar significa dedicar tiempo.

Amar significa salir de uno mismo para acercarse al hermano.

El Papa Francisco ha repetido muchas veces que la Iglesia debe ser un «hospital de campaña», capaz de curar heridas y acompañar a quienes sufren.

En nuestras familias, parroquias y comunidades existen personas que necesitan una palabra de ánimo, una visita, una llamada telefónica o simplemente alguien que las escuche.

Quizá no podamos cambiar el mundo entero, pero sí podemos cambiar el mundo de una persona concreta.

Santa Teresa de Calcuta decía:

«No todos podemos hacer grandes cosas, pero sí cosas pequeñas con un gran amor.»

Esta frase resume perfectamente el espíritu del Evangelio.

Tercera clave: Jesús es el verdadero Señor de nuestra vida

El Evangelio concluye con una afirmación extraordinaria:

«El Hijo del hombre es Señor del sábado.»

Con estas palabras Jesús revela su autoridad divina.

Él no es simplemente un maestro o un profeta. Él es el Hijo de Dios, el Señor de la historia y el Salvador del mundo.

La gran pregunta que hoy debemos hacernos es:

¿Quién gobierna realmente mi vida?

Muchas personas permiten que el dinero, el éxito, el prestigio o las preocupaciones ocupen el centro de su existencia.

Sin embargo, solo Cristo puede llenar plenamente el corazón humano.

Santa Teresa de Calcuta vivió largos años de oscuridad interior y de pruebas espirituales. Sin embargo, nunca dejó de confiar en Jesús. Aunque no sintiera su presencia, siguió sirviéndolo con fidelidad.

Esa es la verdadera fe: permanecer junto a Cristo incluso cuando el camino resulta difícil.

Cuando ponemos a Jesús en el centro de nuestra vida, descubrimos una paz que el mundo no puede dar.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos recuerda que la verdadera religión se vive desde el amor, la misericordia y el servicio.

Santa Teresa de Calcuta nos enseña que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en amar extraordinariamente las cosas pequeñas de cada día.

Pidamos al Señor la gracia de reconocerlo en los pobres, en los enfermos, en los que sufren y en todas las personas que encontramos en nuestro camino.

Que María Santísima nos ayude a tener un corazón compasivo, generoso y humilde, capaz de amar como amó Cristo.

Y que Santa Teresa de Calcuta interceda por nosotros para que aprendamos a servir a Jesús en los más pequeños de nuestros hermanos.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM