Jn 3, 13-17 «Tiene que ser elevado el Hijo del hombre»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

Hoy la Iglesia celebra una fiesta muy especial: la Exaltación de la Santa Cruz. A primera vista podría parecer extraño celebrar una cruz. En tiempos de Jesús, la cruz era un instrumento de tortura, humillación y muerte. Era el símbolo del fracaso y de la vergüenza.

Sin embargo, para los cristianos la cruz se ha convertido en el signo más grande del amor de Dios. Lo que parecía derrota se transformó en victoria; lo que parecía oscuridad se convirtió en luz; lo que parecía muerte se convirtió en fuente de vida eterna.

Por eso hoy no celebramos el sufrimiento por sí mismo, sino el amor inmenso de Cristo que se entregó por nuestra salvación.

San Pablo dirá:

«Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Cor 1,23).

La cruz es el corazón del Evangelio y la clave para comprender el amor de Dios.

A la luz de las lecturas de hoy, reflexionemos sobre tres enseñanzas fundamentales.

Primera clave: La cruz revela cuánto nos ama Dios

El Evangelio contiene una de las frases más conocidas de toda la Biblia:

«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.»

Estas palabras resumen toda la historia de la salvación.

La cruz no es un accidente.

La cruz no es un fracaso.

La cruz es la manifestación suprema del amor de Dios.

Cuando contemplamos el Crucifijo descubrimos hasta dónde llega el amor del Señor.

Cristo acepta el sufrimiento, la humillación y la muerte para salvarnos.

San Agustín afirmaba:

«La cruz es la cátedra desde la que Cristo nos enseña a amar.»

Muchas veces buscamos pruebas del amor de Dios. La respuesta está en la cruz.

Cuando pensamos que Dios nos ha abandonado, debemos mirar la cruz.

Cuando atravesamos momentos difíciles, debemos mirar la cruz.

Cuando nos sentimos indignos de ser amados, debemos mirar la cruz.

Allí encontramos la prueba definitiva de que somos amados infinitamente.

Segunda clave: La cruz transforma el sufrimiento en camino de salvación

La primera lectura recuerda el episodio de la serpiente de bronce en el desierto.

El pueblo había pecado y sufría las consecuencias de su alejamiento de Dios. Sin embargo, cuando los israelitas miraban la serpiente levantada por Moisés, encontraban la salvación.

Jesús aplica esta imagen a sí mismo:

«Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.»

Así como los israelitas miraban la serpiente de bronce, nosotros miramos a Cristo crucificado.

Todos llevamos alguna cruz:

  • enfermedades,
  • preocupaciones familiares,
  • problemas económicos,
  • soledad,
  • incomprensiones,
  • sufrimientos físicos o espirituales.

Muchas veces nos preguntamos por qué Dios permite estas cruces.

No siempre encontramos una respuesta inmediata.

Pero la cruz de Cristo nos enseña que el sufrimiento unido a Dios nunca es inútil.

San Juan Pablo II escribió:

«En la cruz de Cristo no solo se ha realizado la Redención mediante el sufrimiento, sino que el sufrimiento humano mismo ha sido redimido.»

Cristo no elimina todas nuestras cruces, pero camina con nosotros y les da un sentido nuevo.

Lo que parece una carga puede convertirse en un camino de santificación y de encuentro con Dios.

Tercera clave: El cristiano está llamado a abrazar la cruz con esperanza

Jesús no solo murió en la cruz.

Jesús resucitó.

Por eso la cruz nunca puede separarse de la Resurrección.

La cruz cristiana no es un símbolo de desesperación.

Es un signo de esperanza.

San Francisco de Asís tenía una profunda devoción a Cristo crucificado. En el monte Alverna recibió los estigmas porque deseaba identificarse plenamente con el Señor.

Para él, la cruz era la expresión más grande del amor de Dios.

También nosotros estamos llamados a cargar nuestra cruz cada día.

No con resignación amarga.

No con tristeza permanente.

Sino con confianza.

Cada vez que ofrecemos una dificultad por amor a Dios, participamos del misterio de Cristo.

Cada vez que permanecemos fieles en medio de las pruebas, damos testimonio del Evangelio.

Cada vez que aceptamos nuestras cruces con fe, permitimos que Dios actúe en nuestra vida.

Como decía Santa Teresa de Jesús:

«Después de la cruz está la luz.»

La última palabra nunca la tiene el sufrimiento.

La última palabra la tiene Dios.

Y la palabra definitiva de Dios es siempre la vida.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, en esta fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz contemplamos el misterio más grande de nuestra fe: el amor de Dios manifestado en Cristo crucificado.

La cruz nos recuerda que:

  • somos profundamente amados por Dios;
  • el sufrimiento unido a Cristo tiene un sentido redentor;
  • y la esperanza cristiana siempre conduce a la Resurrección.

Pidamos hoy la gracia de mirar nuestras cruces con los ojos de la fe.

Que nunca olvidemos que detrás de cada Viernes Santo existe un Domingo de Resurrección.

Y que María Santísima, que permaneció firme al pie de la cruz, nos ayude a permanecer fieles junto a Cristo en todas las circunstancias de nuestra vida.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM