
Lc 6, 43-49 «¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?»
Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.
El Evangelio de hoy nos presenta una de las enseñanzas más directas y exigentes de Jesús. Después de hablar del amor, del perdón y de la misericordia, el Señor nos invita a examinar la autenticidad de nuestra fe. Utiliza tres imágenes muy sencillas: el árbol que se conoce por sus frutos, la bondad que brota del corazón y la casa construida sobre roca.
La pregunta central del Evangelio es muy clara:
«¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?»
Estas palabras no están dirigidas únicamente a los fariseos o a los discípulos de hace dos mil años. Están dirigidas también a nosotros.
Es posible conocer muchas cosas sobre Dios, participar en celebraciones religiosas e incluso rezar con frecuencia, pero al mismo tiempo vivir alejados de la voluntad del Señor.
Por eso Jesús nos invita hoy a revisar la coherencia entre nuestra fe y nuestra vida.
Primera clave: El árbol se conoce por sus frutos
Jesús afirma:
«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno.»
En la naturaleza, los frutos revelan la calidad del árbol. Del mismo modo, nuestra vida revela la calidad de nuestra relación con Dios.
No basta con decir que somos cristianos.
La verdadera fe produce frutos visibles.
¿Cuáles son esos frutos?
San Pablo los enumera claramente:
«Amor, alegría, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí» (Gál 5,22-23).
Cuando Cristo vive en nosotros, estos frutos comienzan a aparecer poco a poco.
Por el contrario, cuando dejamos que el egoísmo domine nuestro corazón, aparecen otros frutos: divisiones, resentimientos, orgullo, críticas y falta de caridad.
Por eso debemos preguntarnos:
- ¿Qué frutos produce mi vida?
- ¿Las personas que me rodean encuentran paz o tensión a mi lado?
- ¿Mi familia experimenta amor y comprensión a través de mí?
- ¿Mis palabras construyen o destruyen?
San Francisco de Asís enseñaba:
«Predicad siempre el Evangelio; si es necesario, también con palabras.»
La mejor predicación son los frutos de una vida transformada por Dios.
Segunda clave: El corazón es la fuente de nuestras acciones
Jesús continúa diciendo:
«De lo que rebosa el corazón habla la boca.»
Con estas palabras nos recuerda que nuestras palabras y acciones nacen de lo que llevamos dentro.
Si el corazón está lleno de resentimiento, saldrán palabras de resentimiento.
Si está lleno de orgullo, saldrán palabras de orgullo.
Pero si está lleno de Dios, brotarán palabras de amor, esperanza y misericordia.
Vivimos en una época en la que muchas personas se preocupan por la imagen exterior, por la apariencia o por lo que los demás piensan de ellas.
Sin embargo, Jesús dirige nuestra mirada hacia el interior.
Dios ve lo que nadie más ve.
Ve nuestros pensamientos, nuestras intenciones y nuestros deseos más profundos.
Por eso la conversión cristiana comienza siempre en el corazón.
San Agustín decía:
«Vuelve a tu corazón; allí encontrarás a Dios.»
Necesitamos cuidar nuestro corazón mediante la oración, la confesión frecuente, la lectura del Evangelio y la participación en la Eucaristía.
Solo así podremos convertirnos en hombres y mujeres según el corazón de Dios.
Tercera clave: Construir la vida sobre la roca firme
Finalmente, Jesús presenta la imagen de dos hombres que construyen una casa.
Uno cava profundamente y pone los cimientos sobre roca.
El otro construye superficialmente sobre tierra.
Cuando llegan las lluvias y las inundaciones, la casa edificada sobre roca permanece firme, mientras que la otra se derrumba.
La roca es Cristo.
Construir sobre roca significa fundamentar toda nuestra vida en Él.
Significa que nuestras decisiones, proyectos, relaciones y sueños estén iluminados por el Evangelio.
Hoy muchas personas construyen su vida sobre fundamentos frágiles:
- el dinero,
- el éxito,
- la fama,
- el poder,
- la comodidad.
Pero todas estas cosas son pasajeras.
Solo Dios permanece para siempre.
Cuando llegan las pruebas, las enfermedades, los fracasos o las dificultades, descubrimos sobre qué fundamento hemos construido.
Los santos fueron personas que edificaron toda su existencia sobre Cristo.
Por eso permanecieron firmes incluso en medio de grandes sufrimientos.
Hoy celebramos también la memoria del Dulce Nombre de María. Ella es un ejemplo perfecto de quien construyó toda su vida sobre la roca firme de la fe.
Desde la Anunciación hasta el Calvario, María permaneció firme porque confiaba plenamente en Dios.
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a revisar los cimientos de nuestra vida.
Cristo nos recuerda que:
- el árbol se conoce por sus frutos,
- nuestras acciones nacen del corazón,
- y solo quien construye sobre la roca de la fe permanece firme.
Pidamos al Señor la gracia de vivir una fe auténtica y coherente.
Que nuestras palabras y obras reflejen verdaderamente el Evangelio.
Y que María Santísima, cuyo Dulce Nombre veneramos hoy, nos ayude a construir nuestra vida sobre Cristo, la roca firme que nunca falla.
Amén.
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM