
LUCAS 11, 27–28 “Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”
El Evangelio de hoy nos presenta a una mujer del pueblo que, admirada por Jesús, exclama: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” Pero el Señor responde con unas palabras aún más profundas: “Mejor, bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.”
Con esta respuesta, Jesús no disminuye la grandeza de María; al contrario, revela el verdadero motivo de su santidad: María es bienaventurada porque escuchó la Palabra de Dios, creyó en ella y la vivió con total fidelidad.
Primera clave: La verdadera grandeza está en escuchar a Dios.
Vivimos en un mundo lleno de voces, ruido y distracciones. Muchas veces escuchamos muchas cosas, pero olvidamos escuchar a Dios.
Jesús nos recuerda hoy que la felicidad verdadera nace cuando abrimos el corazón a su Palabra. La fe no consiste solamente en conocer ideas religiosas, sino en dejar que Dios ilumine y transforme nuestra vida.
María es el modelo perfecto de esta escucha. Ella acogió la Palabra con humildad y dijo: “Hágase en mí según tu palabra.”
También nosotros estamos llamados a crear espacios de silencio, oración y lectura del Evangelio para dejar que Dios hable a nuestro corazón.
Segunda clave: La Palabra debe hacerse vida.
Jesús no dice solamente “escuchar”, sino también “cumplir.” La Palabra de Dios produce fruto cuando se convierte en vida concreta.
Escuchar el Evangelio significa aprender a amar, perdonar, servir, compartir y caminar con humildad. Una fe que no transforma la vida se queda vacía.
Santo Tomás de Villanueva, cuya memoria puede celebrarse hoy, entendió profundamente esta verdad. Fue un obispo lleno de caridad y misericordia con los pobres. No se limitó a predicar el Evangelio; lo vivió con obras concretas de amor.
Tercera clave: Todos somos hijos de Dios por la fe.
San Pablo nos recuerda hoy una hermosa verdad: “Todos sois hijos de Dios por la fe.” En Cristo desaparecen las divisiones y todos somos llamados a vivir como una sola familia.
La Palabra de Dios nos une, nos fortalece y nos ayuda a descubrir nuestra dignidad de hijos amados del Padre.
Cuando vivimos unidos a Cristo, aprendemos a mirar a los demás con amor, respeto y espíritu fraterno.
Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a revisar nuestro corazón: ¿escuchamos verdaderamente la Palabra de Dios? ¿La llevamos a la práctica en nuestra vida diaria?
Pidamos a la Virgen María la gracia de tener un corazón disponible y obediente a la voluntad de Dios.
Que cada día podamos escuchar el Evangelio, vivirlo con fidelidad y convertirnos en testigos del amor de Cristo en medio del mundo.
Amén.
Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM