“Aquel que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 33)
Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Carlos Borromeo, gran pastor y reformador de la Iglesia después del Concilio de Trento. Fue un hombre profundamente entregado a Cristo, dedicado a la oración, a la formación del clero y al servicio de los pobres. Su vida nos recuerda que seguir a Jesús exige entrega total y un corazón libre.
El Evangelio de hoy contiene palabras fuertes de Jesús. Él nos invita a vivir un discipulado auténtico, sin superficialidad ni mediocridad.
Primera clave: Seguir a Cristo exige decisión y entrega.
Jesús dice claramente:
“El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío.”
Ser cristiano no significa solamente creer con palabras, sino vivir verdaderamente según el Evangelio.
Muchas veces queremos seguir a Cristo, pero sin renunciar a nuestras comodidades, seguridades o egoísmos. Jesús, en cambio, nos invita a ponerlo a Él en el centro de nuestra vida.
San Carlos Borromeo entendió esto profundamente. Renunció a privilegios y riquezas para servir totalmente a la Iglesia y al pueblo de Dios.
San Agustín decía:
“Dios no mira cuánto haces, sino cuánto amor pones en lo que haces.”
El verdadero discípulo ama a Cristo por encima de todo.
Segunda clave: La cruz no es fracaso, sino camino de salvación.
Jesús habla de cargar la cruz. En el mundo actual muchas personas rechazan el sufrimiento y buscan solamente comodidad y éxito inmediato. Pero Cristo nos enseña que la cruz vivida con amor se transforma en camino de vida.
Cada uno tiene su cruz:
- enfermedades,
- preocupaciones familiares,
- dificultades económicas,
- soledad,
- cansancio interior.
La cruz unida a Cristo nunca es inútil.
La primera lectura nos recuerda:
“Trabajad por vuestra salvación, porque es Dios quien activa el querer y el obrar.”
No caminamos solos. Dios nos sostiene y nos da fuerza en medio de nuestras luchas.
San Juan Crisóstomo afirmaba:
“La cruz es la esperanza de los cristianos.”
Los santos no huyeron de la cruz; la abrazaron con fe y amor.
Tercera clave: El discípulo debe vivir desprendido y libre.
Jesús termina diciendo:
“Aquel que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.”
Esto no significa despreciar las cosas materiales, sino no convertirlas en el centro de nuestra vida.
Vivimos en una sociedad marcada muchas veces por el consumismo, la apariencia y el deseo de tener más. Pero el Evangelio nos invita a la libertad interior.
San Carlos Borromeo vivió con austeridad y caridad. Durante las epidemias y sufrimientos de su pueblo, salió al encuentro de los enfermos y necesitados, mostrando el rostro misericordioso de Cristo.
El verdadero tesoro del cristiano es Dios.
Por eso el salmo de hoy proclama:
“El Señor es mi luz y mi salvación.”
Cuando Dios ocupa el primer lugar, el corazón encuentra paz, esperanza y verdadera alegría.
Queridos hermanos, hoy el Señor nos llama a renovar nuestra entrega como discípulos suyos.
Pidamos la valentía de cargar nuestra cruz con fe, la libertad interior para desprendernos de todo egoísmo y el amor ardiente de San Carlos Borromeo para servir generosamente a la Iglesia.
Que nuestra vida muestre que Cristo vale más que cualquier cosa de este mundo.
Amén.
Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM