Lc 6, 20-26 «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios»

Queridos hermanos y hermanas, Paz y Bien.

El Evangelio de hoy nos presenta las Bienaventuranzas según san Lucas. Son palabras que, tanto ayer como hoy, resultan sorprendentes. Jesús proclama felices a los pobres, a los que tienen hambre, a los que lloran y a los que sufren por causa del Evangelio. Al mismo tiempo, advierte a los ricos, a los satisfechos y a quienes buscan únicamente la aprobación del mundo.

A primera vista, estas palabras parecen contradictorias. ¿Cómo puede ser feliz un pobre? ¿Cómo puede ser dichoso quien llora o pasa necesidad? Jesús no está glorificando el sufrimiento ni la pobreza en sí mismos. Lo que está enseñando es que la verdadera felicidad no depende de lo que poseemos, sino de nuestra relación con Dios.

Además, hoy podemos contemplar estas palabras a la luz de la vida de San Pedro Claver, el gran misionero jesuita que dedicó su vida al servicio de los esclavos africanos que llegaban a América. Él se definía a sí mismo como «esclavo de los esclavos para siempre». Comprendió que servir a los más pobres era servir al mismo Cristo.

A partir del Evangelio y del ejemplo de este santo, reflexionemos sobre tres claves para nuestra vida cristiana.

Primera clave: La verdadera riqueza es Dios

Jesús proclama:

«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.»

La pobreza evangélica no significa únicamente carecer de bienes materiales. Significa reconocer que necesitamos a Dios.

El pobre del Evangelio es aquel que sabe que no puede salvarse por sí mismo y pone toda su confianza en el Señor.

Por el contrario, el rico que Jesús critica no es simplemente quien posee bienes materiales, sino quien pone su seguridad únicamente en ellos.

Vivimos en una sociedad que muchas veces mide el valor de las personas por lo que tienen, por lo que producen o por la posición que ocupan. Sin embargo, ante Dios todos somos igualmente necesitados de su gracia.

San Francisco de Asís comprendió esta verdad profundamente. Por eso abrazó la pobreza evangélica para depender únicamente del amor de Dios.

Como decía:

«Mi Dios y mi todo.»

Cuando Dios ocupa el primer lugar, los bienes materiales dejan de convertirse en ídolos y pasan a ser instrumentos para hacer el bien.

Debemos preguntarnos:

  • ¿Dónde está puesta mi seguridad?
  • ¿En mis bienes, en mis capacidades o en Dios?
  • ¿Confío verdaderamente en el Señor?

La verdadera riqueza nunca se encuentra en lo que acumulamos, sino en el amor de Dios que llevamos en el corazón.

Segunda clave: Cristo está presente en los pobres y sufrientes

San Pedro Claver pasó más de cuarenta años sirviendo a los esclavos africanos que llegaban a Cartagena de Indias en condiciones inhumanas.

Mientras muchos los despreciaban, él veía en ellos el rostro sufriente de Cristo.

Esta es precisamente una de las grandes enseñanzas del Evangelio.

Jesús se identifica con los pobres, los hambrientos, los enfermos y los marginados.

Por eso la Iglesia no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento humano.

El Papa Francisco recuerda frecuentemente que los pobres ocupan un lugar privilegiado en el corazón de Dios.

La pregunta que hoy nos hace el Evangelio es muy concreta:

¿Somos capaces de ver a Cristo en quienes sufren?

Quizá no encontremos esclavos como los que encontró San Pedro Claver, pero sí encontramos:

  • ancianos que viven solos,
  • familias con dificultades,
  • enfermos que necesitan compañía,
  • personas que sufren en silencio,
  • jóvenes desorientados y alejados de Dios.

Cada uno de ellos es una oportunidad para encontrarnos con Cristo.

Santa Teresa de Calcuta decía:

«Cada pobre es Jesús bajo una apariencia dolorosa.»

La fe auténtica siempre nos lleva a la caridad concreta.

Tercera clave: La felicidad cristiana nace de la esperanza

Jesús afirma:

«Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.»

Estas palabras nos recuerdan que la vida presente no es la última palabra.

Los cristianos vivimos con esperanza porque sabemos que Dios conduce nuestra historia hacia la plenitud.

Esto no significa ignorar el dolor o las dificultades. Significa vivirlas con la certeza de que Dios está con nosotros.

Los santos comprendieron esta verdad.

San Pedro Claver enfrentó enfermedades, incomprensiones y grandes sacrificios. Sin embargo, nunca perdió la alegría porque sabía que estaba sirviendo a Cristo.

También nosotros experimentamos momentos de sufrimiento, incertidumbre o cansancio.

Pero el Evangelio nos recuerda que Dios nunca abandona a sus hijos.

San Pablo dirá:

«Los sufrimientos de ahora no son comparables con la gloria que un día se manifestará en nosotros» (Rom 8,18).

La esperanza cristiana no es optimismo humano; es confianza en la fidelidad de Dios.

Por eso, incluso en medio de las pruebas, podemos caminar con paz y alegría.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a revisar dónde está nuestro verdadero tesoro.

La verdadera riqueza es Dios.

Cristo está presente en los pobres y necesitados.

Y la felicidad auténtica nace de la esperanza que ponemos en el Señor.

Pidamos la intercesión de San Pedro Claver para que tengamos un corazón compasivo y generoso, capaz de reconocer a Cristo en los más pequeños y de servirlo con alegría.

Que María Santísima, Madre de los pobres y esperanza de los cristianos, nos acompañe siempre en nuestro camino hacia el Reino de Dios.

Amén.

Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM