“¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!” (Mt 25, 6)

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta la parábola de las diez vírgenes. Cinco eran prudentes y cinco necias. Todas esperaban al esposo, pero solamente las prudentes llevaban aceite suficiente para sus lámparas.

Esta parábola nos habla de nuestra vida cristiana. Todos esperamos el encuentro definitivo con Cristo, pero Jesús nos pregunta hoy:
¿Tenemos encendida la lámpara de la fe?
¿Tenemos aceite en el corazón?

Vivimos en una sociedad llena de prisas, distracciones y superficialidad. Muchas veces corremos detrás de muchas cosas, pero olvidamos preparar el alma para Dios.

Primera clave: La sabiduría verdadera es buscar a Dios.

La primera lectura dice:
“Quienes buscan la sabiduría la encuentran.”

La Biblia nos enseña que la verdadera sabiduría no consiste solamente en tener conocimientos humanos, sino en vivir cerca de Dios.

Las vírgenes prudentes representan a las personas que alimentan diariamente su vida espiritual:

  • con la oración,
  • la Eucaristía,
  • la Palabra de Dios,
  • y las obras de amor.

El aceite de la lámpara simboliza precisamente esa vida interior que mantiene viva la fe.

San Agustín decía:
“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta descansar en Ti.”

Hoy muchas personas viven cansadas interiormente porque buscan llenar el corazón con cosas pasajeras. Pero solamente Dios puede saciar la sed profunda del alma.

Por eso el salmo proclama:
“Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.”

Segunda clave: El cristiano vive esperando al Señor con esperanza.

El Evangelio dice:
“¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”

El esposo es Cristo.
Y toda nuestra vida es una espera del encuentro definitivo con Él.

San Pablo, en la segunda lectura, consuela a los cristianos diciendo:
“Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.”

Qué importante es este mensaje en el mundo actual, donde muchas veces existe miedo:

  • a la muerte,
  • al sufrimiento,
  • a la soledad,
  • y al futuro.

La fe cristiana nos enseña que la muerte no es el final, sino el paso hacia la vida eterna.

Los santos vivieron siempre con esta esperanza.
San Francisco de Asís llamaba a la muerte:
“La hermana muerte corporal.”

Porque quien vive unido a Cristo no teme el encuentro con Él.

Pero Jesús también nos recuerda:
“Velad, porque no sabéis el día ni la hora.”

Esto significa vivir preparados:

  • con el corazón limpio,
  • reconciliados,
  • amando,
  • y perseverando en la fe.

Tercera clave: El aceite que nunca debe faltar es el amor.

Las lámparas sin aceite se apagaron.
Y esto es una imagen muy fuerte.

Una fe sin amor termina apagándose.
Una vida sin oración se vacía.
Un cristiano sin caridad pierde la luz del Evangelio.

El aceite que mantiene viva nuestra lámpara es:

  • el amor,
  • la fidelidad,
  • la perseverancia,
  • y la gracia de Dios.

San Gregorio Magno decía:
“El aceite de las lámparas es la fuerza interior del amor.”

La Iglesia, como madre, nos ayuda constantemente a llenar nuestra lámpara:

  • mediante los sacramentos,
  • la comunidad,
  • la Palabra,
  • y la vida de los santos.

Hoy el Señor nos invita a preguntarnos:
¿Cómo está mi lámpara?
¿Estoy alimentando mi vida espiritual?
¿O estoy dejando que se apague poco a poco?

Queridos hermanos, el Evangelio de hoy es una llamada a despertar espiritualmente.

Pidamos al Señor la gracia de ser como las vírgenes prudentes:

  • vigilantes,
  • fieles,
  • llenos de esperanza,
  • y preparados para el encuentro con Cristo.

Que la Virgen María, mujer sabia y vigilante, nos enseñe a mantener siempre encendida la lámpara de la fe y del amor.

Amén.

Dirigido por:
Fr. Antonio Majeesh George Kallely, OFM