La selección de lecturas que nos regala la Iglesia cada domingo presenta un evangelio del todo conocido para la mayor parte de los oyentes y una conjugación de lecturas que nos ayuda a abrirnos a nuevos matices del mensaje evangélico en los que podemos no haber reparado aún. El evangelio del opulento Epulón frente al misero Lázaro nos resulta sobradamente familiar pero quizá no tanto si lo leemos desde la clave de la denuncia que se nos ofrece en la primera lectura y el camino de gozosa vivencia de la religión que se nos apunta en la segunda.
El profeta Amós describe cómo la paciencia de Dios crece y se multiplica ante el engorde burgués y viciado de un pueblo de creyentes devenido en masa de descreídos hasta casi el paganismo militante. Lo que colma la paciencia de Dios (“se acabó la orgía de los disolutos”) no es ninguno de los siete pecados capitales, tan generosamente cometidos por los miembros de su pueblo, sino la indiferencia inmisericorde de los que se tienen por piadosos creyentes hacia quienes sufren la injusticia de sus semejantes (“no os doléis de los desastres de José”).
El apóstol Santiago nos recuerda, siempre con voz potente, que “el juicio universal será sin misericordia para el que no practicó la misericordia.” Sí somos imagen y semejanza de un Dios que es Amor y que se derrama en misericordia cuando mira a Sus doloridos pequeños, la carencia de compasión y misericordia nos hace ser extraños para Dios porque nos hace ser tan distintos y distantes del rostro de la misericordia encarnada, Jesucristo, que nada Suyo permanece en nosotros (“Apartaos de mi, malvados; no os conozco”).
[1Timoteo] “Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado.”
Por muy conocido que nos resulte el evangelio de este domingo no puede no ser marcadamente interpelante para quien se asome a él con un corazón humilde y contrito. Mientras no consigamos revestir de austeridad solitaria nuestra “epulenta” forma de vivir distanciemonos al menos de Epulón por la compasión y la misericordia hacia los lázaros que nos rodean y, ya de paso, con toda humana criatura.