En buena parte del mundo y también, en cierta medida, en nuestra España, los cristianos nos sentimos rehenes del entorno por nuestra identidad creyente y, a menudo, la disimulamos o la atenuamos para poder vivir con menores dificultades. Si fuéramos conscientes de que eso es un secuestro de nuestra libertad lucharíamos algo más por ella y por nuestra vida de fe.

[Zacarias] “Yo libertaré a mi pueblo del país de oriente y del país de occidente, y los traeré para que habiten en medio de Jerusalén. Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios con verdad y con justicia.”

Dios siempre “saca la cara” por aquellos que padecen cualquier tipo de marginación o persecución por razón de cualquier característica de su conciencia o de su personalidad. El respeto tolerante a nuestros semejantes en todo lo que les hace diferentes de nosotros pero nunca distintos a nosotros es parte de la condición humana en la que fuimos todos puestos en la existencia por las mismas manos creadoras.  Ese respeto, “con verdad y con justicia”, lo podemos exigir a todos para nosotros, tenemos derecho, pero nos lo debemos exigir nosotros primero y para con todos ya que tenemos derechos porque tenemos obligaciones.

Ningún ser humano es verdaderamente humano cuando descalifica, persigue o agrede a otro por cualquier característica que le manifiesta como diferente o lo sitúa en una aparente situación de vulnerabilidad,  porque a los fuertes no se les persigue ni agrede por diferentes que puedan resultar.

Tomar una posición de superioridad física o moral y ponerse por encima de otro para auto proclamarse juez y verdugo sobre él es un acto inhumano que echa por tierra todo lo que significa la identidad cristiana y puede llegar a suponer auto proclamarse juez y verdugo del mismo Jesucristo.

[Lucas] “El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante.