Del tenido por el hermano universal, también denominado “el hombre del segundo milenio”, se han dicho tantas y tan hermosas cosas que es prácticamente imposible poder elegir una. Una de las que me llama más la atención es la afirmación de Eloi Leclerc, el autor de “Sabiduría de un pobre”, en su obra “Retorno al Evangelio”:
“La relevancia histórica y la actualidad perenne de San Francisco proviene del hecho de haber proporcionado a las gentes un punto de encuentro entre sus preguntas y las respuestas del Evangelio”.
Obviamente esto fue posible por haber encontrado él primero en el Evangelio las respuestas a sus propias preguntas vitales.
¿Qué nos preguntamos hoy los cristianos del siglo XXI?
¿Acaso todos no nos quejamos a veces de la Iglesia porque no sabe ofrecernos respuestas actuales y válidas?
¿No está buscando el Sínodo sobre la Juventud las formas más adecuadas de dar respuesta a los anhelos y expectativas de los jóvenes de hoy?
Toda búsqueda de entendimiento y diálogo, de comprensión y encuentro es loable además de necesaria cuando se trata de dar a conocer la belleza de la vida según el Evangelio de Jesucristo. San Francisco quizá hoy nos diría que también es loable además de necesario pensar si estamos haciendonos las preguntas adecuadas.
Todas las preguntas que se hizo Francisco a lo largo de su vida desde el inicio de su conversión manaban de dos preguntas sumamente vitales: “¿Quién eres tú o Dios Altísimo y quién soy yo?”. ¿Demasiado filosóficas para el hombre de hoy? ¿Quiza están superadas ambas preguntas y su respuesta nos resulta hoy obvia?
El mayor problema que presenta el poscristianismo de nuestra generación es que creemos que ya conocemos esas respuestas. Por ello, en primer lugar, Dios ya no nos sorprende y creemos que nos sabemos de memoria lo que su Palabra de Vida nos quiere decir y, por ello, ya no le escuchamos.
Si hoy no escuchamos a Dios con la avidez con que lo hacía San Francisco es porque no conocemos en verdad ni quiénes somos ni cuál es nuestra dignidad y vocación ni cuál es el sentido y la finalidad de nuestra vida. Si supiéramos todo esto necesitaríamos adorar a Dios desde la excelencia de nuestra vida diaria; si supiéramos esto descubriríamos la fuente de la misma felicidad, paz y alegría que hizo de Francisco de Asís el primero después del Único. Santos como Francisco nos recuerdan cómo podríamos ser y vivir… sí quisiéramos. Preguntémonos a que estamos esperando. Esa sí sería una buena pregunta.