El rico y colorista relato de Jonas de la primera lectura nos muestra a un creyente con una fuerte vocación, un encargo de Dios que él reconoce en conciencia pero ante el que se echa atrás por no creer ser capaz de asumirlo o por no querer llegar a serlo (“Se levantó Jonás para huir lejos del Señor.”).
A más comprometida vocación más profundo es el foso donde los hombres que rechazan el mensaje de Dios suelen introducir a quién se lo recuerda. Jeremías y tantos otros nos dejaron buena noticia de esto pero nadie como Jesucristo asumió y vivió hasta sus últimas consecuencias la voluntad del Padre, dando testimonio de cómo la medida de la exigencia de una vocación conlleva una medida proporcional de gracia y de fuerza para poder acogerla y vivirla. Quien da la vocación y llama a la misión da con ellas la capacidad de ser fiel al Dios que llama y a los hombres para cuyo bien nos llama.
Que Jonas huya de la vocación y de Dios casi somete al naufragio y a la muerte a todos los que viajaban con él a través de los mares. Toda vocación dada por Dios mira al bien de la entera humanidad, de manera que la fidelidad a la llamada y a la misión es una deuda del llamado con su Señor y con todos los hombres.
[Lucas] “Y ¿quién es mi prójimo?”
El relato del buen samaritano nos exige convertirnos en vino y aceite sagrados para consolar y sanar las heridas de nuestros semejantes. Esta parábola del evangelio nos exige ser para los demás lo que Dios quiere que seamos pues no podemos dar a los demás nada más importante que a nosotros mismos en nuestra versión mejor y más engrandecida: la del proyecto de Dios, nuestra vocación personal.