Cuando pasé medio año viviendo en el oriente boliviano, puede comprobar por mí mismo lo que antes me habían dicho respecto de la acción de las sectas protestantes, muy abundantes y con muchos dólares provenientes “del norte” (conste que son dos cosas muy distintas la Comunidad Eclesial Protestante y las sectas protestantes).
Me habían contado que estas sectas tenían dos tácticas que buscaban un mismo fin. Lo pude ver con mis propios ojos.
Para favorecer las injerencias politicas y la colonización económica y cultural del capitalismo liberal, que desde los años 70 se hicieron no solamente evidentes sino convictas y confesas, las sectas protestantes buscaban romper el vínculo de unión que la religión católica trenzaba entre todos los miembros del pueblo.
Un fin a perseguir a través de dos medios: vituperar y descalificar a la Madre de Dios, cuya devoción une con vínculos de fuertes solidaridad a todo el pueblo, y descalificar como referencia eclesial a la figura del sacerdote y su labor de liderazgo autorizado al frente de la comunidad.
A través de estas dos estrategias las personas, las familias, los poblados y los barrios más pobres caían fácilmente en brazos del discurso puritano que en otras latitudes americanas es tan sumamente reinante.
“Nosotros no tomamos ni fumamos porque el Señor nos ha liberado, mientras que los curas…”.
La Madre de Dios es la primera y más importante referencia de la Iglesia apostólica que Cristo fundó y cuyos bienes de la salvación y características perviven en la Iglesia Católica. De la mano de la Madre aprendemos a ser discípulos de su Hijo y reconocemos, con toda la ternura de la fuerza de Dios, nuestra vocación a la fraternidad.
El sacerdote hace presente a Cristo a través de los sacramentos, de una enseñanza recta y un compromiso activo por el bien del pueblo que le escucha. Es ésta una grave responsabilidad sobre la que habrá de rendir cuentas a Dios.
La presidencia de María al frente de todos los pueblos que forman la Hispanidad es el pilar que nos recuerda todo lo bueno de nuestra cultura humanista, que procede del Evangelio y que por caminos de Evangelio mantiene en pie lo mejor de nuestra sociedad.
La labor de la Iglesia a través de los sacerdotes debe ser nuestra fortaleza para poder resistir cualquier embate ideológico y mantener la autenticidad que, como pueblo, hemos heredado de nuestros mayores.
La labor de la Iglesia, a través de una fe católica en los sacramentos y en quienes los administran, debe ser nuestra mayor exigencia de justicia y solidaridad para poder construir una sociedad fraterna, una convivencia en la que de las armas se hagan arados con los que cosechar frutos de unidad, igualdad y fraternidad.
El Evangelio es nuestro más absoluto pilar y en la Madre se nos hace presente siempre con rabiosa actualidad. Todo lo que desuna o fomente la injusticia, el enfrentamiento o la desigualdad es enemigo de Dios porque es enemigo de la familia humana.