[Lucas] “Aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes (…) <Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?> Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.”

En ningún tiempo ha sido fácil asumir el desprendimiento de los bienes y la confianza en Dios a la que se nos llama a los cristianos en el Evangelio. Centrar la Vida toda en Dios como en el único Absoluto y relativizar el contento y la seguridad que ofrecen los bienes materiales sólo es posible desde la conciencia y la experiencia de quién y cómo es Dios. Esa conciencia supone una fe asentada en el día a día durante años porque se tiene por garante y meta de la propia vida a un Dios que es amor,  lealtad, misericordia y omnipotencia.

[Romanos] “Abrahán no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte en la fe al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete.  El que os ha llamado es fiel y cumplirá Sus promesas.”

Si se pierde de vista la omnipotencia de un Dios que usa toda la fuerza de Su Ser para hacer de su misericordia un baluarte inexpugnable para los que ama, Su lealtad no sería infalible y Su Amor dejaría de ser el pilar de la esperanza inquebrantable.

La omnipotencia de Dios es la característica del ser absoluto y trascendente que le permite acercarse tanto a Sus criaturas como para hacerse inmanente en la Encarnación.  Que Dios sea todopoderoso no tiene nada que ver con las proyecciones del capricho humano y del abuso de la fuerza que solemos cometer nosotros. La omnipotencia de Dios nos garantiza que “el que se mostró insuperable en la factura de todas sus obras por la misericordia se superó a sí mismo” (San Pedro de Alcántara).