Dos rasgos del hombre posmoderno que podemos reconocer fácilmente a nuestro alrededor y quizá también en nosotros mismos son, uno, la conciencia de ser la “cresta de la ola” en la historia del progreso de la humanidad así como, dos,  la prisa y la consecuente intolerancia a esperar para obtener resultados tras un proceso. Es la sociedad del “todo está en nuestras manos” y del “lo quiero ya” cuando lo primero no es cierto -como la vida nos demuestra- y lo segundo no es sano.

[Romanos] “Hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. También nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados.”

[Salmo] “Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.”

[Lucas] “¿A qué compararé el Reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.”

Somos lo que somos y eso es fruto de la herencia de un pasado así como de la gestión que hacemos de nuestro presente en medio de las circunstancias y de la influencia de las decisiones de los demás sobre nosotros.  Dentro de ese pasado del que somos hijos hay alguien que es muy presente y que quiere ofrecernos un futuro a su lado: Jesucristo.  El signó con el final de su vida entre nosotros el inicio de una vida nueva para todo aquél que quiera hacer del camino del Evangelio su proyecto personal y su camino, un proyecto y un camino que nos introduce en un proceso de evolución y verdadero progreso humano, fraterno.

Somos un instante de la historia de la humanidad y hemos de tener la humildad y la honestidad suficiente para reconocer que todos nuestros logros han sido propiciados por los de nuestros predecesores, mientras seguimos repitiendo sus errores en una versión no corregida pero si aumentada.  Como seres humanos y cómo cristianos hemos de reconocer que tenemos muchas más posibilidades entre nuestras manos que frutos y logros que conviertan este mundo en un lugar mejor para todos. Desde ese reconocimiento, cada uno puede ser decisivo en la tarea de construir un mundo mejor a través de propiciar que la vida de algunos ya lo sea.  Seamos una masa nueva donde el fermento del Evangelio pueda elaborar un pan crujiente y esponjoso para todas las hambres del ser humano de hoy, tan hambriento de pan, de sentido y de esperanza.