Recuerdo una viñeta del gran Forges en la que sus dos típicas abuelitas, con pañuelo, gafas y nariz prominente, conversaban entre ellas diciéndose: “Al final, salvarse salvarse nos salvaremos los de siempre.” Pues va a ser que no.

[Lucas] “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: «Señor, ábrenos» y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados». Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.”

En el lenguaje evangélico, malvados no sólo son los que obran el mal sino los que conociendo el bien no lo ponen por obra pudiendo hacerlo. En el evangelio de hoy se nos habla directamente a los que nos decimos de Cristo, a los que quizá nos creemos de los primero en la fila hacia el Reino de Dios por nuestra tradición religiosa  y no mucho más; sin embargo, se nos advierte que vendrán “otros” de los cuatro puntos cardinales que nos “adelantarán por la derecha” en el acceso a la bienaventuranza eterna.

Si leemos el maravilloso número 22 de la constitución pastoral “Gaudium et Spes”, del Vaticano II, comprenderemos perfectamente lo que significa contarse entre los hombres y mujeres de buena voluntad, se pertenezca o no oficialmente al pueblo de Dios. Vamos, os lo pongo fácil, pulsa aquí para leer el número