[Lucas] “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido.”

Pocos libros de teología espiritual me han proporcionado tanto consuelo, alegría y gratitud como “Teologia de la ternura. Un evangelio por descubrir”, de Carlo Rocchetta. El autor considera que no es un exceso teológico decir que la ternura teologal se sitúa como centro del Evangelio proclamado por la Iglesia y constituye la regla de su vida y su praxis.

La ternura de Dios, la de Su Hijo Jesucristo, la ternura del Evangelio que estamos llamados a encarnar es compasión activa, dinámica, generosa, creativa, como la del Buen Samaritano, imagen de Cristo y de la ternura que invade a los creyentes que creen desde el hondón de su alma en Aquél a quien comulgan y en el Espiritu Santo que les inhabita y así les hace dignos de recibir el Cuerpo de Cristo (Adm. I, S. Francisco de Asís).

En el texto evangelico de hoy, muy semejante a Lc 19, 41-44, cuando el Señor llora al contemplar Jerusalén pronunciando palabras semejantes a las de hoy, contemplamos sólo un gesto más de esa ternura del Dios humanado, como ante Jairo, o ante la adúltera, o en casa de Simon el leproso, o… De la contemplación de esta nuclear característica del Amor que es Dios brotan experiencias personales y textos cargados de tanta fuerza autobiográfica como el capítulo 8 de la Carta a los Romanos.

[Romanos] “Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?.”

Si quieres aprovechar la Palabra de Vida de hoy, lee Romanos 8 desde la nota peculiar del evangelio de hoy: la ternura de Dios por ti. ¿Te vas a privar de ello?